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Es que la experiencia de lo Numinoso no puede durar mucho tiempo sin trastornar la mente. Pero comprendí que descuidar el Péndulo, péndulo de la bóveda, para admirar la bóveda, era como abstenerse de beber en el manantial para embriagarse en la fuente.

El coro de Saint-Martin-des-Champs sólo existía porque, en virtud de la Ley, podía existir el Péndulo, y éste existía porque existía aquél. No se elude un infinito, pensé, huyendo hacia otro infinito, no se elude la revelación de lo idéntico eludiéndose con la posibilidad de encontrarse con lo distinto.

Tenía que conseguir a toda costa quedarme en el museo a la hora del cierre, para esperar hasta medianoche. De modo que necesitaba esconderme, y permanecer en el recinto. Traté de evitar la fascinación de aquel sitio y de mirar la nave con ojos indiferentes. Ahora ya no buscaba una revelación, sólo quería obtener una información. Esconderse, vivo, en un vehículo muerto. Y también tenemos casas de los engaños de los sentidos, donde efectuamos todo tipo de manipulaciones, falsas apariencias, imposturas e busiones Había recobrado el dominio de mis nervios y de mi imaginación.

Tenía que jugar con ironía, como había jugado hasta hacía unos pocos días, sin dejarme atrapar por el juego. Eché una mirada confiada a los aeroplanos que colgaban sobre mi cabeza: Los nombres de los automóviles expuestos a mi alrededor despertaban agradables nostalgias Hispano Suiza , bello y acogedor.

No me servía porque estaba demasiado cerca de la caja, pero habría podido engañar al empleado si me hubiese presentado con knickerbockers, cediendo el paso a una dama de traje color crema, larga bufanda en torno al largo cuello, sombrerito de campana acomodado sobre el pelo a la garzon.

El Citroen C64 de sólo se exhibía en sección vertical, excelente modelo escolar, pero ridículo escondite. Había que examinar el lado derecho, donde se alineaban junto a la pared los velocípedos de grandes ruedas art nouveau, las draisiennes de barra plana, como un patinete, evocación de caballeros con chistera que corretean por el Bois de Boulogne, abanderados del progreso. Frente a los velocípedos, buenas carrocerías, apetecibles refugios.

Una vez dentro, sumergido en los asientos de piel, nadie hubiese sospechado que estaba allí. Pero era difícil subir a él, porque justo enfrente estaba uno de los guardianes, sentado en un banco, de espaldas a las bicicletas.

Montar en el estribo, un poco torpe debido al abrigo con vueltas de piel, mientras él, con polainas, la gorra bajo el brazo, me abre respetuosamente la portezuela Si el Peugeot era un apartamento, éste era un palacio. Pero ni pensar en la posibilidad de subir a él sin atraer la atención de todos.

Qué difícil es esconderse cuando los escondites son cuadros de una exposición. Volví a atravesar la sala: Dentro había una especie de garita desde la que, a través de un ojo de buey de proa, podía observarse un diorama de la bahía de Nueva York. Un buen punto de observación cuando fuera medianoche, porque hubiese permitido dominar, desde la sombra, el coro a la izquierda y la nave a la derecha, las espaldas guardadas por una gran estatua de Gramme, que miraba hacia otros corredores, puesto que estaba situada en una especie de crucero.

No me quedaba mucho tiempo: Con paso presuroso me dirigí otra vez hacia la girola. Ninguno de los motores podía servirme de refugio. Tenía que marcharme, tenía que marcharme, todo era una locura; yo, el hombre de la incredulidad, me estaba dejando enredar en el juego que ya había trastornado a Jacopo Belbo No sé si la otra tarde hice bien en quedarme.

Si me hubiese marchado, ahora sólo conocería el comienzo y no el final de la historia. Salí de la iglesia doblando a la izquierda junto a la estatua de Gramme y metiéndome por una galería.

Estaba en el sector del ferrocarril, y las locomotoras y vagones en miniatura me parecieron tranquilizadores juguetes multicolores, sacados de una Bengodi, una Madurodam, una Disneylandia Aunque estuviese lejos, Jacopo Belbo estaba tratando de hacerme caer en la trampa alucinatoria que había sido su perdición. Es necesario, decía para mis adentros, que me comporte como un científico.

La dama de tu corazón debe morir antes del final, mejor por tu mano. Adiós muñeca, ha sido muy hermoso, pero eras un autómata sin alma. Sucede, sin embargo, que después de la galería dedicada a los medios de transporte viene el atrio de Lavoisier, que da a la gran escalinata por donde se sube a los pisos superiores. Aquel contrapunto de vitrinas a los lados, aquella especie de altar alquímico en el centro, aquella liturgia de civilizada macumba dieciochesca no eran efecto de una disposición casual, sino una estratagema simbólica.

Ante todo, la abundancia de espejos. Donde hay espejo hay estadio humano, quieres verte. Pero no te ves. Tanto sufrimiento, tanta inquietud para que los espejos de Lavoisier, ya sean cóncavos o convexos, te engañen, se burlen de ti: Aquel teatro catóptrico había sido montado para arrebatarte toda identidad y hacerte desconfiar de tu posición. Sí claro, la física te explica de qué se trata y cómo funciona: Pero de pronto me vi, invertido, en otro espejo.

Oh, how delicate, doctor Lavoisier. La sala Lavoisier del Conservatoire es una confesión, un mensaje cifrado, un epítome de todo el museo, burla de la arrogancia de la razón moderna, susurro de otra clase de misterios.

Jacopo Belbo tenía razón, la Razón estaba equivocada. Tenía que darme prisa, se estaba haciendo tarde. Vi el kilo, el metro, las medidas, falsas garantías de garantía. Astronomía, relojes, autómatas, pobre de mí si llegaba a detenerme ante aquellas nuevas revelaciones.

Estaba penetrando en el centro mismo de un secreto en forma de Theatrum racionalista, deprisa, deprisa, ya exploraría después, entre la hora de cierre y la medianoche, aquellos objetos que a la oblicua luz del ocaso revelaban su verdadero rostro, figuras, no instrumentos. Arriba, por las salas de los oficios, de la energía, de la electricidad, total en esas vitrinas no podría haberme escondido.

A medida que iba descubriendo, o intuyendo, el sentido de aquellas secuencias, me invadía la ansiedad de no encontrar a tiempo un escondrijo desde donde asistir a la revelación nocturna de la oculta razón de todas ellas. Me movía como un hombre acorralado, por el reloj y el avance terrible de la cantidad. La Tierra giraba inexorable, se acercaba la hora, dentro de poco me echarían. Hasta que, después de atravesar la galería de los dispositivos eléctricos, llegué a la salita de los cristales.

Era una sala colecticia donde las porcelanas chinas alternaban con vasos andróginos de Lalique, poteries, mayólicas, azulejos, cristales de Murano y, al fondo, en una enorme arqueta transparente, a escala natural y en tres dimensiones, un león matando a una serpiente. Traté de recordar dónde había visto ya aquella imagen. De pronto lo supe. El Demiurgo, el abominable fruto de la Sophia, el primer arconte, Ildabaoth, el responsable del mundo y de su defecto radical, tenía forma de una serpiente y de un león, y sus ojos arrojaban luz de fuego.

Y en efecto advertí que en el rincón de la derecha, contra una ventana, estaba la garita del Périscope. Adapté mejor la pupila a aquella imagen imprecisa: La rue Conté desembocaba en la rue Montgolfier a la izquierda y en la rue Turbigo a la derecha, un bar en cada esquina: Le Week End y La Rotonde, y al frente una fachada donde destacaba un cartel que me costó descifrar: No era tan obvio que debiera estar en aquella sala de los cristales en lugar de figurar entre los instrumentos ópticos: Fui submarino durante un tiempo que me pareció interminable.

Pensé en acurrucarme debajo de la plancha para evitar mejor cualquier ojeada distraída, pero me contuve porque si me descubrían de pie siempre habría podido fingir que era un visitante absorto, incapaz de apartarse de aquel prodigio. La prudencia aconsejaba que permaneciera de pie, y si los pies me dolieran, en cuclillas, al menos durante dos horas.

La hora de cierre para los visitantes no coincide con la de la salida de los empleados. Me sobrecogió el terror de la limpieza: Tenía que seguir quieto.

En aquel momento un grupo de jóvenes salía de La Rotonde. Una chica pasaba por la rue Conté y doblaba por la rue Montgolfier. Iba a tener ganas de orinar: Debe de ser como ocultarse en la bodega de un barco para emigrar a tierras lejanas.

Y de hecho, la meta final sería la estatua de la Libertad con el diorama de Nueva York. No, y si me despertaba demasiado tarde Respiré profundamente varias veces. Recapitular los hechos, enumerarlos, determinar sus causas, sus efectos. He llegado a este punto por esto, y por esta otra razón Revivieron los recuerdos, nítidos, precisos, ordenados.

Ahora, al igual que la otra tarde en el periscopio, me retraigo en un punto remoto de la mente para emanar una historia como el Péndulo. Diotallevi me había dicho que la primera sefirah es Keter, la Corona, el origen, el vacío primordial. El creó primero un punto, que se convirtió en el Pensamiento, donde dibujó todas las figuras Johannes Reuchlin, De arte caballstica, Hagenhau, , Había sucedido dos días antes.

Había llegado la tarde del día anterior y había telefoneado a la editorial. Diotallevi seguía en el hospital, y Gudrun era pesimista: No me atrevía a ir a verle. En cuanto a Belbo, no estaba en la oficina. Gudrun me había dicho que había telefoneado para avisar que salía de viaje por razones de familia. Lo extraño era que se había llevado el word processor, Abulafia, como ahora lo llamaba, y la impresora.

Gudrun me había dicho que lo había instalado en su casa para terminar un trabajo. Lia y el niño no regresarían hasta la semana siguiente. La noche anterior había ido hasta el Pílades, pero no había encontrado a nadie. Me despabiló el teléfono. Era Belbo, su voz sonaba turbada, lejana. Ya le estaba dando por desaparecido en el naufragio de la Armada Invencible Soy yo quien finalmente debo visitar el Conservatoire. Estoy en una cabina Estoy con el agua al cuello.

El Plan es cierto. Por favor, no me diga obviedades. Todavía no lograba comprender. Creen que tengo el mapa, me han tendido una trampa, me han obligado a venir a París. No quiero ir, estoy huyendo, Casaubon, esos me matan.

Tiene que avisar a De Angelis Óigame, vaya a la oficina, en el cajón de mi escritorio hay un sobre con dos llaves.

Dios mío, no sé qué hacer Dios mío, la palabra clave Oí unos ruidos, la voz de Belbo se acercaba y se alejaba variando de intensidad, como si alguien tratase de arrebatarle el micrófono. Sonó un golpe seco, como un disparo. Debía de ser el micrófono que había caído y había golpeado contra la pared, o contra esas repisas que hay debajo de los teléfonos.

Después el clic del micrófono colgado. Desde luego que no por Belbo. No comprendía qué estaba sucediendo. Absurdo, lo habíamos inventado nosotros. A esas alturas todo era posible, puesto que todo era inverosímil. Fui a la editorial, Gudrun me recibió comentando agriamente que ahora tenía que encargarse ella sola de los asuntos de la empresa, me precipité en el despacho, encontré el sobre, las llaves, me fui corriendo al piso de Belbo.

Olor a cerrado, a colillas rancias, los ceniceros estaban llenos por todas partes, en el fregadero montañas de platos sucios, el cubo de la basura atiborrado de latas destripadas. Eran sólo dos cuartos, atestados de libros que se apilaban en los rincones y con su peso curvaban las tablas de las estanterías. En seguida divisé la mesa donde estaba el ordenador, la impresora, las cajas con los disquetes. Pocos cuadros en los pocos espacios libres de estanterías, y justo frente a la mesa un grabado del siglo XVII, una reproducción cuidadosamente enmarcada, una alegoría que no había visto el mes anterior, cuando subiera a tomar una cerveza antes de marcharme de vacaciones.

Sobre la mesa, una foto de Lorenza Pellegrini, con una dedicatoria en letra pequeñita y un poco infantil. Salía sólo el rostro, pero la mirada, la mera mirada, me turbaba. Busqué algo interesante, pero sólo encontré baremos, presupuestos de la editorial. Sin embargo, en medio de esos papeles descubrí un file impreso que, a juzgar por la fecha, debía de remontarse a los primeros experimentos con el ordenador.

Recordaba el momento en que Abulafia había hecho su entrada en la editorial, el entusiasmo casi infantil de Belbo, los reniegos de Gudrun, las ironías de Diotallevi. No pensaba que estuviera creando: Sin embargo, olvidando sus fantasmas habituales, estaba encontrando en ese juego la fórmula que le permitía entregarse a esa segunda adolescencia típica de la cincuentena.

Era una hermosa mañana de finales de noviembre, en principio era el verbo, canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles, éstas son las que ostentó murallas. Punto y se va aparte él solito. Ahora Abu hace una cosa: Akkahularakka Akkabu hakkace unakka culasakka: Hubiese podido cambiar de idea y eliminar el primer bloque: También podría substraer el bloque infame al texto visible, pero no a la memoria, para conservar el archivo de mis represiones, arrebatando a los freudianos omnívoros y a los virtuosos de las variantes el placer de la conjetura, el oficio y la gloria académica.

Mejor que la memoria verdadera, porque ésta, tras arduo ejercicio. Pero cuando Diotallevi y yo pensamos en construir un ars oblivionalis no pudimos descubrir las reglas del olvido.

Pulgarcito siempre regresa como una idea fija. No hay una técnica del olvido, todavía estamos en el nivel de la casualidad natural, lesiones cerebrales, amnesias, o de la improvisación artesanal, qué sé yo, un viaje, el alcohol, la cura de sueño, el suicidio. En cambio Abu hasta puede proporcionarnos pequeños suicidios locales, amnesias pasajeras, afasias indoloras.

Bastó una orden para que una baba lechosa cubriese ese bloque fatal e inoportuno: Dónde se ha visto. En cambio Abu es indulgente, te permite recapacitar: De sólo saber que, si quiero, puedo recordar, lo olvido todo en seguida.

Esto es mejor, desintegro pensamientos. Es una galaxia con miles y miles de asteroides, todos en fila, blancos o verdes, y uno mismo los crea. Oh, había escrito algo, moví el pulgar por error y se ha borrado todo.

El que trata de penetrar en la Rosaleda de los Filósofos sin la clave es como el hombre que pretenda caminar sin los pies.

Era todo lo que había a la vista. Tenía que buscar en los disquettes del ordenador. Estaban numerados, y pensé que lo mismo daba probar con el primero. Pero Belbo había hablado de palabra clave. Siempre había guardado celosamente los secretos de Abulafia.

Y en efecto, tan pronto como puse el disquette, apareció un mensaje que me preguntaba: Sin embargo, parecía estar diciéndome: En Abulafia la palabra clave podía tener siete letras. Por tanto, sesenta mil millones de segundos. Tenía que recurrir a la conjetura. Mejor explorar la segunda hipótesis. Qué tontería, me dije, no era gente de ordenadores: Y hubieran tardado tanto tiempo como el transcurrido desde que se redactara el Séfer Yesirah.

Sin embargo, no había que descartar esa hipótesis. Ellos, si existían; hubieran seguido una inspiración cabalística, y, si Belbo se había convencido de que existían, no era imposible que hubiese escogido el mismo camino. Para tranquilizar mi conciencia, probé con las diez sefirot: Desde luego no funcionó, claro: Inhumano suponer que, enajenado por el Plan, se le hubiera ocurrido, no sé, Lincoln o Mombasa. Debía de ser algo relacionado con el Plan. Traté de meterme en los procesos mentales de Belbo, que había escrito fumando como una chimenea, y bebiendo, y mirando a su alrededor.

Los libros estaban demasiado lejos y no se podían leer los títulos impresos en los lomos. Frente a mí estaba el grabado del siglo XVII. Era una típica alegoría rosacruz de esa época, tan rica de mensajes cifrados, en busca de los miembros de la Fraternidad. El paisaje que rodeaba la torre era incoherente e incoherente era la población que lo ocupaba, como en esos jeroglíficos donde se ve un palacio una rana en primer plano, un mulo con una albarda, un rey recibiendo una ofrenda de un paje.

En el centro, un caballero y un viandante; a la derecha, un peregrino de rodillas sosteniendo una gran ancla a modo de cayado. En el lado derecho, casi enfrente de la torre, un pico, un peñasco desde el que se estaba precipitando un personaje con espada, y en el lado opuesto, en perspectiva, el monte Ararat, con el Arca encallada en la cima.

La torre se movía sobre ruedas, tenía una primera elevación cuadrada, ventanas, una puerta, un puente levadizo a la derecha, después una especie de pretil con cuatro torrecillas de observación, cada una de ellas habitada por un hombre armado de escudo historiado con caracteres hebraicos que agitaba un ramo de palma.

La trompeta otra vez La torre sólo se veía por dos cuartos, en perspectiva ortogonal, y cabía suponer que por razones de simetría las puertas, las ventanas y los ojos de buey que se veían en un lado también estarían reproducidos en el lado opuesto con el mismo orden.

Así pues, cuatro arcos en el cimborrio de la campana, ocho ventanas en el inferior, cuatro torrecillas, seis aberturas entre la fachada oriental y la occidental, catorce entre la fachada septentrional y meridional. Junto con el ciento veinte. Ciento veinte dividido por treinta y seis daba, conservando siete cifras, 3, Era exageradamente perfecto, pero valía la pena probar. Pero también esa conjetura resultó demasiado fantasiosa.

De pronto me llamó la atención el nimbo central, sede divina. Las letras hebraicas eran muy evidentes, se podían ver incluso desde la silla. Pero Belbo no podía escribir letras hebraicas en Abulafia. Iahveh, el nombre de Dios. El las estableció, grabó, agrupó, pesó e intercambió. Y formó con ellas toda la creación y todo lo destinado a formarse. El nombre de Dios Diotallevi estaba de pie en la puerta de su despacho, y hacía ostentación de indulgencia.

La indulgencia de Diotallevi siempre era ofensiva, pero Belbo parecía aceptarla con indulgencia, precisamente. Podría escribir un texto mio, no los de otros. He dicho que, puesto que he descubierto que no tengo madera de protagonista Lo que no significa en absoluto que pretenda dirigirlo en el Carnegie Hall Usted sólo es incrédulo, que no es lo mismo. Sabia por qué Diotallevi desconfiaba de Abulafia.

Había oído decir que con él se podía alterar el orden de las letras, de manera que un texto hubiese podido engendrar su contrario y prometer oscuros vaticinios. Belbo trataba de explicarle. Y permutando durante siglos las letras del libro se podría llegar a reencontrar la Torah originaria. Pero lo que importa no es el resultado, sino el proceso.

La fidelidad con que hagamos girar hasta el infinito el molino de la plegaria y de la escritura, descubriendo poco a poco la verdad.

Su Hokmat ha-Seruf era al mismo tiempo ciencia de la combinación de las letras y ciencia de la purificación de los corazones. Así es que tengo en mis manos, a mis órdenes, como tus amigos tenían al Golem, a mi Abulafia personal.

Lo llamaré Abulafia, para los íntimos Abu. Pues bien, mira en este manual, tengo un pequeño programa en Basic que permite permutar todas las secuencias de cuatro letras. Parece hecho a propósito para IHVH.

Y le mostraba el programa, que para Diotallevi sí era cabalístico: Ve al Séfer Yesirah, sección décimosexta del capítulo cuarto. Tres Piedras edifican seis Casas. Cuatro Piedras edifican veinticuatro Casas. Cinco Piedras edifican ciento veinte Casas.

Seis Piedras edifican setecientas veinte Casas. Siete Piedras edifican cinco mil cuarenta Casas. De ahora en adelante, sal y piensa en lo que la boca no puede decir y la oreja no puede oir.

También yo he leído tu Séfer Yesirah. Las letras fundamentales son veintidós, y con ellas, sólo con ellas, Dios formó toda la creación.

Y te explicaré por qué una buena permutación de la Torah debe basarse en la totalidad de las veintisiete letras. Es cierto que si en el curso de una permutación las cinco finales debiesen figurar en mitad de la palabra, entonces se transformarían en sus equivalentes normales. Pero no siempre es así.

No tiene que ver con la Temurah, que te enseña a permutar, sino con la Gematriah, que descubre sublimes afinidades entre la palabra y su valor numérico. De manera que, si quisieras calcular las permutaciones posibles de todos los signos de toda la Torah, no te alcanzarían todos los ceros del mundo. Prueba, prueba con tu miserable maquinita para contables. Porque una vez agotada la combinatoria, el resultado debería guardarse en secreto y de todos modos el universo habría concluido su ciclo, y nosotros resplandeceriamos obnubilados en la gloria del gran Metatron.

Sin embargo ahora, después de todo lo que había sucedido, y con el grabado rosacruz colgado enfrente, era imposible que Belbo no hubiera regresado, en su busca de una password, a aquellos ejercicios sobre el nombre de Dios. Por consiguiente, no podía haber combinado las cuatro letras hebraicas porque, lo sabia, cuatro piedras sólo edifican veinticuatro casas.

Hubiese podido intentarlo con la transcripción italiana, que también contiene dos vocales. Con seis letras disponía de setecientas veinte permutaciones. Habría algunas repeticiones, pero ya Diotallevi había dicho que las dos he del nombre de Iahveh valen como dos letras diferentes. Hubiese podido elegir la trigésimo sexta, o la cientoveinteava. Había llegado allí hacia las once, ya era la una. Tenía que componer un programa para anagramas de seis letras, y bastaba con modificar el que ya tenía para cuatro.

Necesitaba respirar un poco de aire. Bajé a la calle, compré algo de comida, otra botella de whisky. Cogía las hojas de la impresora, sin separarlas, como si estuviese consultando el rollo de la Torah originaria.

Sin embargo, ahora yo era Jacopo Belbo y Jacopo Belbo debía de haber razonado como lo estaba haciendo yo. Estaba a un paso de la solución. Casaubon, imbécil, dije para mis adentros. Seguro, desde el final. O sea de derecha a izquierda. Sí, Belbo había metido en el ordenador el nombre de Dios trasliterado en caracteres latinos, con las vocales, pero como la palabra era hebrea la había escrito de derecha a izquierda.

Era lógico que entonces se invirtiese el orden de las permutaciones. Por tanto, tenía que contar desde el final.

Probé otra vez con ambos nombres. Me había equivocado por completo. Me había encaprichado con una hipótesis elegante pero falsa. Les pasa hasta a los mejores científicos. No, no a los mejores científicos. Belbo no habría sido tan trivial. Hubiera tenido que superponer el Notariqon a la Temurah, e inventar un acróstico para recordarla. El estaba obsesionado por el Plan, y en el Plan habíamos metido muchos otros componentes: Pensé en Lorenza Pellegrini.

Alargué la mano y di la vuelta a la fotografía que había censurado. Traté de apartar un pensamiento inoportuno, el recuerdo de aquella noche en el Piamonte Acerqué la foto y leí la dedicatoria. Yo soy la honrada y la odiada.

Yo soy la prostituta y la santa. Debía de haber sido después de la fiesta de Riccardo. Era yo el que pensaba de otra manera tortuosa.

Evoqué las palabras de Diotallevi: En la segunda Sefirah el Alef tenebroso se transforma en el Alef luminoso. Del Punto Oscuro brotan las letras de la Torah, el cuerpo son las consonantes, el aliento las vocales, y juntas acompañan la cantilena del devoto. Cuando la melodía de los signos se mueve, se mueven con ella las consonantes y las vocales.

Era el arca de lo que Belbo sabia, o creía saber, su Sophia. Como con el Plan: La pantalla empezó a cubrirse de palabras, de líneas, de indices, de una catarata de discursos. Había violado el secreto de Abulafia. Estaba tan excitado por la victoria que no me pregunté ni siquiera por qué Belbo había escogido precisamente aquella palabra. Ahora lo sé, y sé que él, en un momento de lucidez, había entendido lo que yo ahora entiendo.

Pero el jueves sólo pensé que había ganado. Me puse a bailar, a dar palmas, a cantar una canción de la mili. Después me detuve y fui a lavarme la cara. Luego, mientras la impresora graznaba implacable, me puse a comer con voracidad, y a beber de nuevo. Cuando se detuvo la impresora, leí y me sentí desconcertado: Se había hecho de noche, la noche del veintiuno de junio. Me lloraban los ojos. Desde la mañana tenía la vista clavada en aquella pantalla y en el puntiforme hormiguero que engendraba la impresora.

Ya fuese verdadero o falso lo que acababa de leer, Belbo había dicho que telefonearía la mañana siguiente. Tenía que esperar allí. La cabeza me daba vueltas. Me desperté hacia las ocho emergiendo de un sueño profundo, viscoso, y al principio no sabía dónde estaba. Por suerte quedaba un tarro de café y me preparé varias tazas. El teléfono no sonaba; no me atrevía a bajar para comprar algo por miedo a que Belbo llamase justo en ese momento. Encontré juegos, ejercicios, relatos de hechos que conocía, pero que enfocados desde la perspectiva personal de Belbo me ofrecían un rostro diferente.

Encontré fragmentos de diario, confesiones, esbozos de narraciones registradas con el amargo amor propio de quien ya conoce su condena al fracaso. Y sobre todo, encontré todo un file que contenía sólo citas. Ahora no puedo releer los textos de Belbo, y toda la historia que me traen a la memoria, sin la perspectiva de ese file. Desgrano aquellos excerpta como las cuentas de un rosario herético, y aun así soy consciente de que algunos de ellos hubieran podido ser, para Belbo, un toque de alarma, una huella de salvación.

Trato de convencerme de que mi lectura es la correcta, pero esta misma mañana bien me ha dicho alguien, a mi, no a Belbo, que estaba loco. No me atrevo a recorrer el pasillo, estoy en el estudio del tío Carlo y miro por la ventana. De vez en cuando salgo a la terraza para vigilar si alguien se acerca subiendo la colina. Tengo la impresión de estar en una película, vergonzosa: La otra tarde en el periscopio no tenía prueba alguna de que lo que me había revelado la impresora fuese cierto.

Todavía podía defenderme con la duda. Trataba de aclararme a mi mismo la irresponsabilidad con que Belbo, Diotallevi y yo habíamos llegado a reescribir el mundo y, Diotallevi me lo hubiera dicho, a redescubrir las partes del Libro que habían sido grabadas a fuego blanco, en los intersticios dejados por aquellos insectos a fuego negro que poblaban, y parecían volver explícita, la Torah. No esperéis demasiado del fin del mundo. Empezar la universidad dos años después del sesenta y ocho es como haber sido admitido en la Academia de Saint-Cyr en el noventa y tres.

Uno tiene la impresión de haberse equivocado de año de nacimiento. Se nace siempre bajo el signo equivocado y vivir con dignidad significa corregir día a día el propio horóscopo. Creo que llegamos a ser lo que nuestro padre nos ha enseñado en los ratos perdidos, cuando no se preocupaba por educarnos. Nos formamos con desechos de sabiduría. Tenía diez años y quería que mis padres me abonasen a un semanario que publicaba las obras maestras de la literatura en historietas. Aquel día empecé a volverme incrédulo.

Es decir, me arrepentí de haber sido crédulo. Había sido presa de una pasión mental. Tal es la credulidad. No es que el incrédulo no deba creer en nada. No cree en todo. Cree en una cosa cada vez, y en una segunda cuando deriva de alguna manera de la primera. Avanza como un miope, es metódico, no aventura horizontes. La incredulidad, lejos de excluir la curiosidad, la sostiene.

Desconfiando de las cadenas de ideas, de las ideas amaba la polifonía. No respetaba las ideas por las que otros apostaban la vida, pero dos o tres ideas que no respetaba podían formar una melodía.

O un ritmo, preferentemente de jazz. Cuando pareces profundo es porque ensamblas varias y creas la apariencia de un sólido: Lia, no sé si volveré a verte, ahora que Ellos han entrado por el lado equivocado y han invadido tu mundo, y por culpa mia: Consciente de mi incredulidad me sentía culpable entre la multitud de los que creían. Puesto que sentía que no se equivocaban, decidí creer como quien se toma una aspirina.

Daño no hace, y uno mejora. En las asambleas no lograba apasionarme por las discusiones que enfrentaban a los distintos grupos: Me divertía encontrando las citas adecuadas. Yo sólo quería tener curiosidad.

Marx me caía bien porque me parecía evidente que con su Jenny hacia el amor con alegría. Es algo que se siente en el ritmo sosegado de su prosa y en su sentido del humor. Cierta vez, en cambio, en los pasillos de la universidad, dije que a fuerza de acostarse con la Krupskaia se acaba escribiendo un libraco como Materialismo y Empiriocriticismo.

Por poco me apalean, y me trataron de fascista. Lo recuerdo muy bien, ahora anda con la cabeza rapada y pertenece a una comuna donde fabrican cestas. Por entonces mi actitud era la de quien aborda los discursos sobre la verdad para prepararse a corregir las galeradas. Por eso mi decisión política fue la filología. La revolución presidiaba la zona externa, el aula magna y los grandes corredores, mientras que la Cultura oficial se había retirado, protegida y asegurada, a los corredores internos y a los pisos superiores, y seguía hablando como si nada hubiese sucedido.

Vivía cómodamente en esos dos universos paralelos, y no percibía la menor contradicción en mi conducta. También yo creía que estaba por surgir una sociedad igualitaria, pero me decía que en esa sociedad también tendrían que funcionar y mejor que antes los trenes, por ejemplo, y que los sans-culottes que me rodeaban no estaban aprendiendo en absoluto a cargar la caldera de carbón, a accionar las agujas, a elaborar una planilla de horarios.

Sin embargo, alguien debía estar preparado para encargarse de los trenes. No sin cierto remordimiento, me sentía como un Stalin que ríe entre dientes mientras piensa: Por eso quise estudiar algo que me permitiese decir lo que podía afirmarse sobre la base de documentos, para distinguirlo de lo que era cuestión de fe.

Por razones casi casuales me agregué a un seminario de historia medieval y escogí como tema de tesis el proceso a los templarios. La historia de los templarios me había fascinado desde que diera una ojeada a los primeros documentos.

En aquella época en que se luchaba contra el poder, me llenaba, generosamente, de indignación la historia del proceso, que es indulgente definir como indiciario, por el que los templarios acabaron en la hoguera.

Ese derroche visionario irritaba mi incredulidad, decidí no perder el tiempo con cazadores de misterios y atenerme sólo a las fuentes de la época. Si la Iglesia había disuelto la Orden, y eso había sucedido hacia siete siglos, los templarios ya no podían existir, y si existían no eran templarios.

Así fue como saqué una bibliografía de cien libros por lo menos, aunque al final sólo leí una treintena. Entré en contacto con Jacopo Belbo precisamente por causa de los templarios, en el Pilades, cuando ya estaba trabajando en la tesis, a finales del setenta y dos. Vengo de la luz y de los dioses y ahora estoy separado de ellos, en este exilio.

Fragmento de Zilrfah M7. Era un viejo bar situado cerca de los Naviglio, con la barra de zinc, el billar, y los tranviarios y artesanos de la zona que venían por la mañana temprano a beberse un chato de vino blanco. Hacia el sesenta y ocho, y en los años siguientes, el Pilades se había convertido en una especie de Rick's Bar donde el militante del Movimiento podía echar una partida de cartas con el periodista del diario patronal que iba a beberse medio whisky una vez cerrada la edición, cuando ya partían los primeros camiones para repartir por los kioscos las mentiras del sistema.

Pero en el Pilades incluso el periodista se sentía un proletario explotado, un productor de plusvalía obligado a fabricar ideología, y los estudiantes lo absolvían. Entre las once de la noche y las dos de la madrugada pasaban por allí el empleado de editorial, el arquitecto, el cronista de sucesos que aspiraba a escribir para la sección de cultura, los pintores de la Academia de Brera, algunos escritores de nivel medio y estudiantes como yo. Podría escribir la historia política de aquellos años registrando las etapas y modalidades por las que poco a poco se pasó del etiqueta roja al Ballantine de doce años y finalmente al malta.

A mi la bola me duraba poquísimo, y al principio pensé que era por distracción, o por torpeza manual. Años después comprendí la verdad, viendo jugar a Lorenza Pellegrini. Al principio no había reparado en ella, pero la descubrí una noche siguiendo la mirada de Belbo. Belbo estaba en el bar como si estuviera de paso lo frecuentaba al menos desde hacia diez años. Intervenía a menudo en las conversaciones, en la barra o en alguna mesa, pero casi siempre para soltar alguna gracia que enfriaba los entusiasmos, cualquiera que fuese el tema de conversación.

También los dejaba helados con otra técnica, con una pregunta. Alguien estaba contando algo, encandilando a la compañía, y Belbo miraba al interlocutor con sus ojos glaucos, siempre un poco distraídos, sosteniendo el vaso a la altura de la cadera, como si hiciese mucho que había olvidado beber, y preguntaba: Era piamontesa, en Belbo, esa manera de hablar sin mirar demasiado a los ojos del interlocutor, pero no como quien huye con la mirada.

Pero no era sólo la mirada. Con un gesto, con una sola interjección Belbo tenía el poder de desplazarte de lugar. Por ejemplo, tratabas de demostrar que Kant realmente había llevado a cabo la revolución copernicana de la filosofía moderna, y te jugabas todo en esa afirmación. Porque, desde luego, ahí hay El hombre tenía su ingenio. A veces, cuando estaba en el colmo de la indignación, perdía los estribos. Apretaba los labios, alzaba primero la vista al cielo, luego inclinaba la mirada y la cabeza, hacia abajo, a la izquierda, y decía a media voz: Ma gavte la nata.

Al que no conocía esa expresión piamontesa, a veces le explicaba: Ma gavte la nata, quítate el tapón. Se supone que aguanta en esa condición posturalmente abnorme por la presión de un tapón hincado en el trasero. Si se lo quita, pssss, recupera su condición humana. Esas observaciones suyas eran capaces de hacerte notar la vanidad de todo, y a mí me fascinaban.

Sin embargo, no las interpretaba correctamente, porque las tomaba como modelo de supremo desprecio por la trivialidad de las verdades ajenas. Sólo ahora, después de haber violado, junto con los secretos de Abulafia, el alma misma de Belbo, sé que lo que entonces me pareció desencanto, y que estaba erigiendo en principio de vida, era para él una forma de melancolía. Su deprimido libertinaje intelectual ocultaba un desesperado anhelo de absoluto.

Era difícil percibirlo a primera vista, porque Belbo compensaba los momentos de fuga, perplejidad, distanciamiento, con momentos de relajada afabilidad, en los que se entretenía creando otras formas de absoluto, con regocijada incredulidad.

Comprendí luego que yo había borrado la dirección de esa facultad, él, en cambio, la había perdido, y no conseguía resignarse. Algunos llevan una fecha lejana, evidentemente transcribió allí viejas anotaciones, por nostalgia, o porque pensaba volver a utilizarlas de alguna manera.

Pero Belbo, sin darse cuenta, estaba pasando al otro lado de la barrera. Tres mujeres en la vida Mire hacia arriba, Belbo. Primer amor, María Santísima. De golpe vuelvo a ver a Mary Lena, y las blancas braguitas asomando bajo la suave brisa de su falda azul, y comprendo que es rubia y altiva, e inaccesible, porque es diferente.

Toda relación es imposible, pertenece a otra raza. Tercera mujer perdida en seguida en la profundidad en que se abisma. Sí claro, había muerto pensando en mi, el pensamiento impuro era yo que deseaba a Mary Lena, intocable porque pertenecía a otra especie y destino. Soy culpable de su condenación, soy culpable de la condenación de todos los que se condenan, es justo que las tres mujeres no hayan sido mías: Y yo ni siquiera una trompeta. Nunca los había visto juntos, pero en la escuela parroquial todos cuchicheaban entre codazos y risitas que hacían el amor.

Seguro que mentían, pequeños campesinos lascivos como cabras. Querían hacerme creer que ella Ella, Marylena Cecilia esposa y esclava era tan accesible que alguien ya había accedido a ella. Comoquiera que fuese, -cuarta vez-- yo estaba fuera de juego. O es la misma historia. En la mano derecha asía una trompeta dorada. Veo que en este file se menciona una trompeta. Recordaba su pasado, pero sólo a título de exemplum, para castigar alguna vanidad.

Al fin y al cabo es lo suyo, lo dice la palabra misma. No, me refería a esta gente que escribe. Tercer manuscrito de la semana, uno sobre el derecho bizantino, otro sobre el Finis Austriae, el tercero sobre los sonetos del Aretino. En el caso del Aretino se entiende, pero en el derecho de Bizancio A lo sumo llamo a estos tres para ver si pueden eliminar esos pasajes. Tampoco ellos quedan demasiado bien. Una vez, yo tendría unos cinco o seis años, soñé que tenía una trompeta.

Creo que nunca he sido tan feliz como en ese sueño. Lloré todo el día. Realmente, aquel mundo de antes de la guerra, debe de haber sido por el treinta y ocho, era un mundo pobre. A mis padres no se les pasó por la cabeza.

En aquella época, gastar era una cosa seria. Y también lo era educar a los chavales para que se habituaran a no tener todo lo que deseaban. No me gusta la sopa de col, decía, y era cierto, Dios mío, que las coles en la sopa me daban asco. No señor, se come lo que hay en la mesa. Me había mirado vacilante: Es usted quien ha hablado de la trompeta a propósito del objeto de deseo que resulta que no es el que uno se imagina Aquella tarde tenían que llegar los tíos, no tenían hijos y yo era el sobrino preferido.

Me ven llorar por aquel fantasma de trompeta y dicen que se encargan de todo, al día siguiente iríamos a unos grandes almacenes, donde había todo un mostrador de juguetes, una maravilla, allí encontraría la trompeta que quería.

Pasé la noche en vela y toda la mañana siguiente estuve excitadísimo. Por la tarde fuimos a los grandes almacenes, había al menos tres tipos de trompetas, serían cositas de hojalata, pero a mí me parecían bronces de orquesta de ópera. Había una corneta militar, un trombón de varas y una pseudo trompeta, porque tenía boquilla y era de oro, pero las llaves eran de saxofón. Las quería todas y debió de parecer que no quería ninguna.

Creo que entretanto los tíos habían echado una ojeada a los precios. No eran tacaños, pero tuve la impresión de que les pareció menos caro un clarín de baquelita, todo negro, con las llaves de plata. Siempre me habían enseñado que cuando te ofrecen algo que te gusta tienes que decir en seguida no gracias, y no una sola vez, no decir no gracias y después tender la mano, sino esperar que el otro insista, que te diga por favor. Sólo entonces el niño educado puede ceder.

Y no les quitaba el ojo de encima esperando que insistieran. No insistieron, que Dios los tenga en su gloria. Estuvieron muy contentos de comprarme el clarín, puesto que, como dijeron, ése era mi deseo. Salí de allí con el clarín. Con estas cuestiones se puede hacer lo que se quiera. El clarín sólo lo tuve. Creo que nunca llegué a hacerlo sonar. Pero estaba hablando de mi primer encuentro con Belbo. Nos conocíamos de vista, habíamos cruzado algunas palabras en el Pílades, pero no sabía mucho de él, salvo que trabajaba en Garamond, algunos de cuyos libros había tenido ocasión de conocer en la universidad.

Editor pequeño, pero serio. Un joven que va a acabar la tesis siempre se siente atraído por alguien que trabaja para una editorial de cultura. Era la época en que todo el mundo se tuteaba: Belbo no eludía el tuteo imperante, pero estaba claro que lo dictaba por desprecio.

Tuteaba para mostrar que a la vulgaridad respondía con la vulgaridad, pero que había un abismo entre tomarse la confianza y estar en confianza. Le vi tutear con afecto, o con pasión, sólo pocas veces, y a pocas personas, a Diotallevi, a alguna mujer.

A las personas que estimaba, pero que sólo conocía desde hacía poco, las trataba de usted. Así hizo conmigo durante todo el tiempo en que trabajamos juntos, y yo aprecié el honor. Estoy acabando una tesis sobre los templarios.

Trabajo sobre los documentos del proceso. La función del redactor consiste en reconocer a los locos con una ojeada. Su nombre es legión. En seguida se lo explico, que usted es joven. De todas maneras, también era un filólogo del Renacimiento, creo. Pero no somos parientes. Nosotros dos, por ejemplo. O, al menos, no es por ofender, yo. En suma todo el mundo, si se mira bien, participa de alguna de esas categorías.

Digamos que la persona normal es la que combina razonablemente todos esos componentes o tipos ideales. Creo que hoy en día sucede lo mismo con el chino.

Y volviéndose hacia mí No pretendo arreglar el universo. Estoy diciendo qué es un loco para una editorial. Pílades, por favor, con menos hielo. Si no, hace efecto en seguida. Se aplasta el helado contra la frente, no puede ni coordinar los movimientos. Entra en la puerta giratoria por el lado opuesto.

Por eso es un cretino. No nos interesa, se le reconoce en seguida, y no aparece por las editoriales. Es un comportamiento social. El imbécil es el que habla siempre fuera del vaso. Incomoda a todos, pero les proporciona temas de conversación.

Habla fuera del vaso cuando otros han metido la pata, consigue cambiar de tema Pero a nosotros no nos interesa, no es nunca creativo, trabaja de prestado, de manera que no presenta manuscritos en las editoriales. Confunde las reglas de conversación, y cuando las confunde bien es sublime.

Creo que es una raza en extinción, un portador de virtudes eminentemente burguesas. Necesita un salón Verdurin, o mejor, Guermantes. Perdone, pero esta noche estoy festejando una decisión histórica de mi vida. He dejado de beber. No diga nada, me haría sentir culpable. Se equivoca de razonamiento. Es el que dice que todos los perros son animales domésticos y todos los perros ladran, pero que también los gatos son animales domésticos y por tanto ladran.

O que todos los atenienses son mortales, todos los habitantes del Pireo son mortales, de modo que todos los habitantes del Pireo son atenienses. Ya estamos en el umbral en el que sospechamos que algo no funciona, pero es necesario un esfuerzo para demostrar qué es lo que no cuadra y por qué. Es un maestro del paralogismo. No hay salvación para el redactor editorial, debería emplear una eternidad. Dios tiene que existir porque puedo pensarlo como el ser dotado de todas las perfecciones, incluida la existencia.

Confunde la existencia en el pensamiento con la existencia en la realidad. Puedo pensar en una isla en el mar aunque esa isla no exista. Confunde el pensamiento de lo contingente con el pensamiento de lo necesario. Todo para poder denunciar la estupidez cósmica. Mejor dicho, no es por ofender, salvo usted. El cretense Epiménides dice que todos los cretenses son mentirosos.

Si lo dice él que es cretense y conoce bien a los cretenses, es cierto. Algunos de los que no creen que Dios haya creado el mundo en siete días no son fundamentalistas, pero algunos fundamentalistas creen que Dios ha creado el mundo en siete días, por tanto nadie que no crea que Dios haya creado el mundo en siete días es fundamentalista.

Viola una de las leyes del silogismo. De dos premisas particulares no pueden extraerse conclusiones universales. Toda la historia de la lógica es un intento por definir una noción aceptable de estupidez. La estupidez de un pensamiento es la incoherencia de otro pensamiento.

..

Oscilación puras putas

Oí unos ruidos, la voz de Belbo se acercaba y se alejaba variando de intensidad, como si alguien tratase de arrebatarle el micrófono. Sonó un golpe seco, como un disparo. Debía de ser el micrófono que había caído y había golpeado contra la pared, o contra esas repisas que hay debajo de los teléfonos. Después el clic del micrófono colgado.

Desde luego que no por Belbo. No comprendía qué estaba sucediendo. Absurdo, lo habíamos inventado nosotros. A esas alturas todo era posible, puesto que todo era inverosímil. Fui a la editorial, Gudrun me recibió comentando agriamente que ahora tenía que encargarse ella sola de los asuntos de la empresa, me precipité en el despacho, encontré el sobre, las llaves, me fui corriendo al piso de Belbo.

Olor a cerrado, a colillas rancias, los ceniceros estaban llenos por todas partes, en el fregadero montañas de platos sucios, el cubo de la basura atiborrado de latas destripadas. Eran sólo dos cuartos, atestados de libros que se apilaban en los rincones y con su peso curvaban las tablas de las estanterías. En seguida divisé la mesa donde estaba el ordenador, la impresora, las cajas con los disquetes.

Pocos cuadros en los pocos espacios libres de estanterías, y justo frente a la mesa un grabado del siglo XVII, una reproducción cuidadosamente enmarcada, una alegoría que no había visto el mes anterior, cuando subiera a tomar una cerveza antes de marcharme de vacaciones. Sobre la mesa, una foto de Lorenza Pellegrini, con una dedicatoria en letra pequeñita y un poco infantil.

Salía sólo el rostro, pero la mirada, la mera mirada, me turbaba. Busqué algo interesante, pero sólo encontré baremos, presupuestos de la editorial.

Sin embargo, en medio de esos papeles descubrí un file impreso que, a juzgar por la fecha, debía de remontarse a los primeros experimentos con el ordenador. Recordaba el momento en que Abulafia había hecho su entrada en la editorial, el entusiasmo casi infantil de Belbo, los reniegos de Gudrun, las ironías de Diotallevi. No pensaba que estuviera creando: Sin embargo, olvidando sus fantasmas habituales, estaba encontrando en ese juego la fórmula que le permitía entregarse a esa segunda adolescencia típica de la cincuentena.

Era una hermosa mañana de finales de noviembre, en principio era el verbo, canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles, éstas son las que ostentó murallas.

Punto y se va aparte él solito. Ahora Abu hace una cosa: Akkahularakka Akkabu hakkace unakka culasakka: Hubiese podido cambiar de idea y eliminar el primer bloque: También podría substraer el bloque infame al texto visible, pero no a la memoria, para conservar el archivo de mis represiones, arrebatando a los freudianos omnívoros y a los virtuosos de las variantes el placer de la conjetura, el oficio y la gloria académica.

Mejor que la memoria verdadera, porque ésta, tras arduo ejercicio. Pero cuando Diotallevi y yo pensamos en construir un ars oblivionalis no pudimos descubrir las reglas del olvido. Pulgarcito siempre regresa como una idea fija. No hay una técnica del olvido, todavía estamos en el nivel de la casualidad natural, lesiones cerebrales, amnesias, o de la improvisación artesanal, qué sé yo, un viaje, el alcohol, la cura de sueño, el suicidio. En cambio Abu hasta puede proporcionarnos pequeños suicidios locales, amnesias pasajeras, afasias indoloras.

Bastó una orden para que una baba lechosa cubriese ese bloque fatal e inoportuno: Dónde se ha visto. En cambio Abu es indulgente, te permite recapacitar: De sólo saber que, si quiero, puedo recordar, lo olvido todo en seguida. Esto es mejor, desintegro pensamientos. Es una galaxia con miles y miles de asteroides, todos en fila, blancos o verdes, y uno mismo los crea. Oh, había escrito algo, moví el pulgar por error y se ha borrado todo.

El que trata de penetrar en la Rosaleda de los Filósofos sin la clave es como el hombre que pretenda caminar sin los pies. Era todo lo que había a la vista. Tenía que buscar en los disquettes del ordenador. Estaban numerados, y pensé que lo mismo daba probar con el primero. Pero Belbo había hablado de palabra clave. Siempre había guardado celosamente los secretos de Abulafia. Y en efecto, tan pronto como puse el disquette, apareció un mensaje que me preguntaba: Sin embargo, parecía estar diciéndome: En Abulafia la palabra clave podía tener siete letras.

Por tanto, sesenta mil millones de segundos. Tenía que recurrir a la conjetura. Mejor explorar la segunda hipótesis. Qué tontería, me dije, no era gente de ordenadores: Y hubieran tardado tanto tiempo como el transcurrido desde que se redactara el Séfer Yesirah.

Sin embargo, no había que descartar esa hipótesis. Ellos, si existían; hubieran seguido una inspiración cabalística, y, si Belbo se había convencido de que existían, no era imposible que hubiese escogido el mismo camino.

Para tranquilizar mi conciencia, probé con las diez sefirot: Desde luego no funcionó, claro: Inhumano suponer que, enajenado por el Plan, se le hubiera ocurrido, no sé, Lincoln o Mombasa. Debía de ser algo relacionado con el Plan. Traté de meterme en los procesos mentales de Belbo, que había escrito fumando como una chimenea, y bebiendo, y mirando a su alrededor. Los libros estaban demasiado lejos y no se podían leer los títulos impresos en los lomos. Frente a mí estaba el grabado del siglo XVII.

Era una típica alegoría rosacruz de esa época, tan rica de mensajes cifrados, en busca de los miembros de la Fraternidad. El paisaje que rodeaba la torre era incoherente e incoherente era la población que lo ocupaba, como en esos jeroglíficos donde se ve un palacio una rana en primer plano, un mulo con una albarda, un rey recibiendo una ofrenda de un paje.

En el centro, un caballero y un viandante; a la derecha, un peregrino de rodillas sosteniendo una gran ancla a modo de cayado.

En el lado derecho, casi enfrente de la torre, un pico, un peñasco desde el que se estaba precipitando un personaje con espada, y en el lado opuesto, en perspectiva, el monte Ararat, con el Arca encallada en la cima.

La torre se movía sobre ruedas, tenía una primera elevación cuadrada, ventanas, una puerta, un puente levadizo a la derecha, después una especie de pretil con cuatro torrecillas de observación, cada una de ellas habitada por un hombre armado de escudo historiado con caracteres hebraicos que agitaba un ramo de palma.

La trompeta otra vez La torre sólo se veía por dos cuartos, en perspectiva ortogonal, y cabía suponer que por razones de simetría las puertas, las ventanas y los ojos de buey que se veían en un lado también estarían reproducidos en el lado opuesto con el mismo orden. Así pues, cuatro arcos en el cimborrio de la campana, ocho ventanas en el inferior, cuatro torrecillas, seis aberturas entre la fachada oriental y la occidental, catorce entre la fachada septentrional y meridional.

Junto con el ciento veinte. Ciento veinte dividido por treinta y seis daba, conservando siete cifras, 3, Era exageradamente perfecto, pero valía la pena probar. Pero también esa conjetura resultó demasiado fantasiosa. De pronto me llamó la atención el nimbo central, sede divina.

Las letras hebraicas eran muy evidentes, se podían ver incluso desde la silla. Pero Belbo no podía escribir letras hebraicas en Abulafia.

Iahveh, el nombre de Dios. El las estableció, grabó, agrupó, pesó e intercambió. Y formó con ellas toda la creación y todo lo destinado a formarse.

El nombre de Dios Diotallevi estaba de pie en la puerta de su despacho, y hacía ostentación de indulgencia. La indulgencia de Diotallevi siempre era ofensiva, pero Belbo parecía aceptarla con indulgencia, precisamente. Podría escribir un texto mio, no los de otros.

He dicho que, puesto que he descubierto que no tengo madera de protagonista Lo que no significa en absoluto que pretenda dirigirlo en el Carnegie Hall Usted sólo es incrédulo, que no es lo mismo.

Sabia por qué Diotallevi desconfiaba de Abulafia. Había oído decir que con él se podía alterar el orden de las letras, de manera que un texto hubiese podido engendrar su contrario y prometer oscuros vaticinios.

Belbo trataba de explicarle. Y permutando durante siglos las letras del libro se podría llegar a reencontrar la Torah originaria. Pero lo que importa no es el resultado, sino el proceso. La fidelidad con que hagamos girar hasta el infinito el molino de la plegaria y de la escritura, descubriendo poco a poco la verdad. Su Hokmat ha-Seruf era al mismo tiempo ciencia de la combinación de las letras y ciencia de la purificación de los corazones.

Así es que tengo en mis manos, a mis órdenes, como tus amigos tenían al Golem, a mi Abulafia personal. Lo llamaré Abulafia, para los íntimos Abu. Pues bien, mira en este manual, tengo un pequeño programa en Basic que permite permutar todas las secuencias de cuatro letras. Parece hecho a propósito para IHVH. Y le mostraba el programa, que para Diotallevi sí era cabalístico: Ve al Séfer Yesirah, sección décimosexta del capítulo cuarto.

Tres Piedras edifican seis Casas. Cuatro Piedras edifican veinticuatro Casas. Cinco Piedras edifican ciento veinte Casas. Seis Piedras edifican setecientas veinte Casas. Siete Piedras edifican cinco mil cuarenta Casas. De ahora en adelante, sal y piensa en lo que la boca no puede decir y la oreja no puede oir. También yo he leído tu Séfer Yesirah.

Las letras fundamentales son veintidós, y con ellas, sólo con ellas, Dios formó toda la creación. Y te explicaré por qué una buena permutación de la Torah debe basarse en la totalidad de las veintisiete letras.

Es cierto que si en el curso de una permutación las cinco finales debiesen figurar en mitad de la palabra, entonces se transformarían en sus equivalentes normales.

Pero no siempre es así. No tiene que ver con la Temurah, que te enseña a permutar, sino con la Gematriah, que descubre sublimes afinidades entre la palabra y su valor numérico. De manera que, si quisieras calcular las permutaciones posibles de todos los signos de toda la Torah, no te alcanzarían todos los ceros del mundo.

Prueba, prueba con tu miserable maquinita para contables. Porque una vez agotada la combinatoria, el resultado debería guardarse en secreto y de todos modos el universo habría concluido su ciclo, y nosotros resplandeceriamos obnubilados en la gloria del gran Metatron. Sin embargo ahora, después de todo lo que había sucedido, y con el grabado rosacruz colgado enfrente, era imposible que Belbo no hubiera regresado, en su busca de una password, a aquellos ejercicios sobre el nombre de Dios.

Por consiguiente, no podía haber combinado las cuatro letras hebraicas porque, lo sabia, cuatro piedras sólo edifican veinticuatro casas. Hubiese podido intentarlo con la transcripción italiana, que también contiene dos vocales. Con seis letras disponía de setecientas veinte permutaciones.

Habría algunas repeticiones, pero ya Diotallevi había dicho que las dos he del nombre de Iahveh valen como dos letras diferentes. Hubiese podido elegir la trigésimo sexta, o la cientoveinteava. Había llegado allí hacia las once, ya era la una. Tenía que componer un programa para anagramas de seis letras, y bastaba con modificar el que ya tenía para cuatro. Necesitaba respirar un poco de aire. Bajé a la calle, compré algo de comida, otra botella de whisky. Cogía las hojas de la impresora, sin separarlas, como si estuviese consultando el rollo de la Torah originaria.

Sin embargo, ahora yo era Jacopo Belbo y Jacopo Belbo debía de haber razonado como lo estaba haciendo yo. Estaba a un paso de la solución. Casaubon, imbécil, dije para mis adentros.

Seguro, desde el final. O sea de derecha a izquierda. Sí, Belbo había metido en el ordenador el nombre de Dios trasliterado en caracteres latinos, con las vocales, pero como la palabra era hebrea la había escrito de derecha a izquierda.

Era lógico que entonces se invirtiese el orden de las permutaciones. Por tanto, tenía que contar desde el final. Probé otra vez con ambos nombres. Me había equivocado por completo. Me había encaprichado con una hipótesis elegante pero falsa. Les pasa hasta a los mejores científicos. No, no a los mejores científicos. Belbo no habría sido tan trivial.

Hubiera tenido que superponer el Notariqon a la Temurah, e inventar un acróstico para recordarla. El estaba obsesionado por el Plan, y en el Plan habíamos metido muchos otros componentes: Pensé en Lorenza Pellegrini. Alargué la mano y di la vuelta a la fotografía que había censurado. Traté de apartar un pensamiento inoportuno, el recuerdo de aquella noche en el Piamonte Acerqué la foto y leí la dedicatoria. Yo soy la honrada y la odiada.

Yo soy la prostituta y la santa. Debía de haber sido después de la fiesta de Riccardo. Era yo el que pensaba de otra manera tortuosa. Evoqué las palabras de Diotallevi: En la segunda Sefirah el Alef tenebroso se transforma en el Alef luminoso. Del Punto Oscuro brotan las letras de la Torah, el cuerpo son las consonantes, el aliento las vocales, y juntas acompañan la cantilena del devoto. Cuando la melodía de los signos se mueve, se mueven con ella las consonantes y las vocales. Era el arca de lo que Belbo sabia, o creía saber, su Sophia.

Como con el Plan: La pantalla empezó a cubrirse de palabras, de líneas, de indices, de una catarata de discursos. Había violado el secreto de Abulafia. Estaba tan excitado por la victoria que no me pregunté ni siquiera por qué Belbo había escogido precisamente aquella palabra. Ahora lo sé, y sé que él, en un momento de lucidez, había entendido lo que yo ahora entiendo. Pero el jueves sólo pensé que había ganado.

Me puse a bailar, a dar palmas, a cantar una canción de la mili. Después me detuve y fui a lavarme la cara. Luego, mientras la impresora graznaba implacable, me puse a comer con voracidad, y a beber de nuevo. Cuando se detuvo la impresora, leí y me sentí desconcertado: Se había hecho de noche, la noche del veintiuno de junio. Me lloraban los ojos. Desde la mañana tenía la vista clavada en aquella pantalla y en el puntiforme hormiguero que engendraba la impresora.

Ya fuese verdadero o falso lo que acababa de leer, Belbo había dicho que telefonearía la mañana siguiente. Tenía que esperar allí. La cabeza me daba vueltas. Me desperté hacia las ocho emergiendo de un sueño profundo, viscoso, y al principio no sabía dónde estaba. Por suerte quedaba un tarro de café y me preparé varias tazas. El teléfono no sonaba; no me atrevía a bajar para comprar algo por miedo a que Belbo llamase justo en ese momento.

Encontré juegos, ejercicios, relatos de hechos que conocía, pero que enfocados desde la perspectiva personal de Belbo me ofrecían un rostro diferente. Encontré fragmentos de diario, confesiones, esbozos de narraciones registradas con el amargo amor propio de quien ya conoce su condena al fracaso.

Y sobre todo, encontré todo un file que contenía sólo citas. Ahora no puedo releer los textos de Belbo, y toda la historia que me traen a la memoria, sin la perspectiva de ese file. Desgrano aquellos excerpta como las cuentas de un rosario herético, y aun así soy consciente de que algunos de ellos hubieran podido ser, para Belbo, un toque de alarma, una huella de salvación.

Trato de convencerme de que mi lectura es la correcta, pero esta misma mañana bien me ha dicho alguien, a mi, no a Belbo, que estaba loco. No me atrevo a recorrer el pasillo, estoy en el estudio del tío Carlo y miro por la ventana. De vez en cuando salgo a la terraza para vigilar si alguien se acerca subiendo la colina.

Tengo la impresión de estar en una película, vergonzosa: La otra tarde en el periscopio no tenía prueba alguna de que lo que me había revelado la impresora fuese cierto. Todavía podía defenderme con la duda. Trataba de aclararme a mi mismo la irresponsabilidad con que Belbo, Diotallevi y yo habíamos llegado a reescribir el mundo y, Diotallevi me lo hubiera dicho, a redescubrir las partes del Libro que habían sido grabadas a fuego blanco, en los intersticios dejados por aquellos insectos a fuego negro que poblaban, y parecían volver explícita, la Torah.

No esperéis demasiado del fin del mundo. Empezar la universidad dos años después del sesenta y ocho es como haber sido admitido en la Academia de Saint-Cyr en el noventa y tres.

Uno tiene la impresión de haberse equivocado de año de nacimiento. Se nace siempre bajo el signo equivocado y vivir con dignidad significa corregir día a día el propio horóscopo. Creo que llegamos a ser lo que nuestro padre nos ha enseñado en los ratos perdidos, cuando no se preocupaba por educarnos.

Nos formamos con desechos de sabiduría. Tenía diez años y quería que mis padres me abonasen a un semanario que publicaba las obras maestras de la literatura en historietas. Aquel día empecé a volverme incrédulo. Es decir, me arrepentí de haber sido crédulo. Había sido presa de una pasión mental. Tal es la credulidad. No es que el incrédulo no deba creer en nada. No cree en todo. Cree en una cosa cada vez, y en una segunda cuando deriva de alguna manera de la primera. Avanza como un miope, es metódico, no aventura horizontes.

La incredulidad, lejos de excluir la curiosidad, la sostiene. Desconfiando de las cadenas de ideas, de las ideas amaba la polifonía. No respetaba las ideas por las que otros apostaban la vida, pero dos o tres ideas que no respetaba podían formar una melodía.

O un ritmo, preferentemente de jazz. Cuando pareces profundo es porque ensamblas varias y creas la apariencia de un sólido: Lia, no sé si volveré a verte, ahora que Ellos han entrado por el lado equivocado y han invadido tu mundo, y por culpa mia: Consciente de mi incredulidad me sentía culpable entre la multitud de los que creían.

Puesto que sentía que no se equivocaban, decidí creer como quien se toma una aspirina. Daño no hace, y uno mejora. En las asambleas no lograba apasionarme por las discusiones que enfrentaban a los distintos grupos: Me divertía encontrando las citas adecuadas. Yo sólo quería tener curiosidad. Marx me caía bien porque me parecía evidente que con su Jenny hacia el amor con alegría. Es algo que se siente en el ritmo sosegado de su prosa y en su sentido del humor.

Cierta vez, en cambio, en los pasillos de la universidad, dije que a fuerza de acostarse con la Krupskaia se acaba escribiendo un libraco como Materialismo y Empiriocriticismo. Por poco me apalean, y me trataron de fascista. Lo recuerdo muy bien, ahora anda con la cabeza rapada y pertenece a una comuna donde fabrican cestas. Por entonces mi actitud era la de quien aborda los discursos sobre la verdad para prepararse a corregir las galeradas.

Por eso mi decisión política fue la filología. La revolución presidiaba la zona externa, el aula magna y los grandes corredores, mientras que la Cultura oficial se había retirado, protegida y asegurada, a los corredores internos y a los pisos superiores, y seguía hablando como si nada hubiese sucedido. Vivía cómodamente en esos dos universos paralelos, y no percibía la menor contradicción en mi conducta.

También yo creía que estaba por surgir una sociedad igualitaria, pero me decía que en esa sociedad también tendrían que funcionar y mejor que antes los trenes, por ejemplo, y que los sans-culottes que me rodeaban no estaban aprendiendo en absoluto a cargar la caldera de carbón, a accionar las agujas, a elaborar una planilla de horarios. Sin embargo, alguien debía estar preparado para encargarse de los trenes. No sin cierto remordimiento, me sentía como un Stalin que ríe entre dientes mientras piensa: Por eso quise estudiar algo que me permitiese decir lo que podía afirmarse sobre la base de documentos, para distinguirlo de lo que era cuestión de fe.

Por razones casi casuales me agregué a un seminario de historia medieval y escogí como tema de tesis el proceso a los templarios. La historia de los templarios me había fascinado desde que diera una ojeada a los primeros documentos. En aquella época en que se luchaba contra el poder, me llenaba, generosamente, de indignación la historia del proceso, que es indulgente definir como indiciario, por el que los templarios acabaron en la hoguera.

Ese derroche visionario irritaba mi incredulidad, decidí no perder el tiempo con cazadores de misterios y atenerme sólo a las fuentes de la época. Si la Iglesia había disuelto la Orden, y eso había sucedido hacia siete siglos, los templarios ya no podían existir, y si existían no eran templarios.

Así fue como saqué una bibliografía de cien libros por lo menos, aunque al final sólo leí una treintena. Entré en contacto con Jacopo Belbo precisamente por causa de los templarios, en el Pilades, cuando ya estaba trabajando en la tesis, a finales del setenta y dos. Vengo de la luz y de los dioses y ahora estoy separado de ellos, en este exilio.

Fragmento de Zilrfah M7. Era un viejo bar situado cerca de los Naviglio, con la barra de zinc, el billar, y los tranviarios y artesanos de la zona que venían por la mañana temprano a beberse un chato de vino blanco. Hacia el sesenta y ocho, y en los años siguientes, el Pilades se había convertido en una especie de Rick's Bar donde el militante del Movimiento podía echar una partida de cartas con el periodista del diario patronal que iba a beberse medio whisky una vez cerrada la edición, cuando ya partían los primeros camiones para repartir por los kioscos las mentiras del sistema.

Pero en el Pilades incluso el periodista se sentía un proletario explotado, un productor de plusvalía obligado a fabricar ideología, y los estudiantes lo absolvían. Entre las once de la noche y las dos de la madrugada pasaban por allí el empleado de editorial, el arquitecto, el cronista de sucesos que aspiraba a escribir para la sección de cultura, los pintores de la Academia de Brera, algunos escritores de nivel medio y estudiantes como yo.

Podría escribir la historia política de aquellos años registrando las etapas y modalidades por las que poco a poco se pasó del etiqueta roja al Ballantine de doce años y finalmente al malta. A mi la bola me duraba poquísimo, y al principio pensé que era por distracción, o por torpeza manual.

Años después comprendí la verdad, viendo jugar a Lorenza Pellegrini. Al principio no había reparado en ella, pero la descubrí una noche siguiendo la mirada de Belbo. Belbo estaba en el bar como si estuviera de paso lo frecuentaba al menos desde hacia diez años.

Intervenía a menudo en las conversaciones, en la barra o en alguna mesa, pero casi siempre para soltar alguna gracia que enfriaba los entusiasmos, cualquiera que fuese el tema de conversación.

También los dejaba helados con otra técnica, con una pregunta. Alguien estaba contando algo, encandilando a la compañía, y Belbo miraba al interlocutor con sus ojos glaucos, siempre un poco distraídos, sosteniendo el vaso a la altura de la cadera, como si hiciese mucho que había olvidado beber, y preguntaba: Era piamontesa, en Belbo, esa manera de hablar sin mirar demasiado a los ojos del interlocutor, pero no como quien huye con la mirada.

Pero no era sólo la mirada. Con un gesto, con una sola interjección Belbo tenía el poder de desplazarte de lugar. Por ejemplo, tratabas de demostrar que Kant realmente había llevado a cabo la revolución copernicana de la filosofía moderna, y te jugabas todo en esa afirmación.

Porque, desde luego, ahí hay El hombre tenía su ingenio. A veces, cuando estaba en el colmo de la indignación, perdía los estribos. Apretaba los labios, alzaba primero la vista al cielo, luego inclinaba la mirada y la cabeza, hacia abajo, a la izquierda, y decía a media voz: Ma gavte la nata.

Al que no conocía esa expresión piamontesa, a veces le explicaba: Ma gavte la nata, quítate el tapón. Se supone que aguanta en esa condición posturalmente abnorme por la presión de un tapón hincado en el trasero. Si se lo quita, pssss, recupera su condición humana. Esas observaciones suyas eran capaces de hacerte notar la vanidad de todo, y a mí me fascinaban. Sin embargo, no las interpretaba correctamente, porque las tomaba como modelo de supremo desprecio por la trivialidad de las verdades ajenas.

Sólo ahora, después de haber violado, junto con los secretos de Abulafia, el alma misma de Belbo, sé que lo que entonces me pareció desencanto, y que estaba erigiendo en principio de vida, era para él una forma de melancolía.

Su deprimido libertinaje intelectual ocultaba un desesperado anhelo de absoluto. Era difícil percibirlo a primera vista, porque Belbo compensaba los momentos de fuga, perplejidad, distanciamiento, con momentos de relajada afabilidad, en los que se entretenía creando otras formas de absoluto, con regocijada incredulidad. Comprendí luego que yo había borrado la dirección de esa facultad, él, en cambio, la había perdido, y no conseguía resignarse.

Algunos llevan una fecha lejana, evidentemente transcribió allí viejas anotaciones, por nostalgia, o porque pensaba volver a utilizarlas de alguna manera.

Pero Belbo, sin darse cuenta, estaba pasando al otro lado de la barrera. Tres mujeres en la vida Mire hacia arriba, Belbo. Primer amor, María Santísima. De golpe vuelvo a ver a Mary Lena, y las blancas braguitas asomando bajo la suave brisa de su falda azul, y comprendo que es rubia y altiva, e inaccesible, porque es diferente.

Toda relación es imposible, pertenece a otra raza. Tercera mujer perdida en seguida en la profundidad en que se abisma. Sí claro, había muerto pensando en mi, el pensamiento impuro era yo que deseaba a Mary Lena, intocable porque pertenecía a otra especie y destino.

Soy culpable de su condenación, soy culpable de la condenación de todos los que se condenan, es justo que las tres mujeres no hayan sido mías: Y yo ni siquiera una trompeta.

Nunca los había visto juntos, pero en la escuela parroquial todos cuchicheaban entre codazos y risitas que hacían el amor. Seguro que mentían, pequeños campesinos lascivos como cabras.

Querían hacerme creer que ella Ella, Marylena Cecilia esposa y esclava era tan accesible que alguien ya había accedido a ella. Comoquiera que fuese, -cuarta vez-- yo estaba fuera de juego. O es la misma historia. En la mano derecha asía una trompeta dorada. Veo que en este file se menciona una trompeta. Recordaba su pasado, pero sólo a título de exemplum, para castigar alguna vanidad.

Al fin y al cabo es lo suyo, lo dice la palabra misma. No, me refería a esta gente que escribe. Tercer manuscrito de la semana, uno sobre el derecho bizantino, otro sobre el Finis Austriae, el tercero sobre los sonetos del Aretino.

En el caso del Aretino se entiende, pero en el derecho de Bizancio A lo sumo llamo a estos tres para ver si pueden eliminar esos pasajes. Tampoco ellos quedan demasiado bien. Una vez, yo tendría unos cinco o seis años, soñé que tenía una trompeta. Creo que nunca he sido tan feliz como en ese sueño. Lloré todo el día. Realmente, aquel mundo de antes de la guerra, debe de haber sido por el treinta y ocho, era un mundo pobre.

A mis padres no se les pasó por la cabeza. En aquella época, gastar era una cosa seria. Y también lo era educar a los chavales para que se habituaran a no tener todo lo que deseaban. No me gusta la sopa de col, decía, y era cierto, Dios mío, que las coles en la sopa me daban asco. No señor, se come lo que hay en la mesa. Me había mirado vacilante: Es usted quien ha hablado de la trompeta a propósito del objeto de deseo que resulta que no es el que uno se imagina Aquella tarde tenían que llegar los tíos, no tenían hijos y yo era el sobrino preferido.

Me ven llorar por aquel fantasma de trompeta y dicen que se encargan de todo, al día siguiente iríamos a unos grandes almacenes, donde había todo un mostrador de juguetes, una maravilla, allí encontraría la trompeta que quería. Pasé la noche en vela y toda la mañana siguiente estuve excitadísimo. Por la tarde fuimos a los grandes almacenes, había al menos tres tipos de trompetas, serían cositas de hojalata, pero a mí me parecían bronces de orquesta de ópera.

Había una corneta militar, un trombón de varas y una pseudo trompeta, porque tenía boquilla y era de oro, pero las llaves eran de saxofón. Las quería todas y debió de parecer que no quería ninguna. Creo que entretanto los tíos habían echado una ojeada a los precios. No eran tacaños, pero tuve la impresión de que les pareció menos caro un clarín de baquelita, todo negro, con las llaves de plata.

Siempre me habían enseñado que cuando te ofrecen algo que te gusta tienes que decir en seguida no gracias, y no una sola vez, no decir no gracias y después tender la mano, sino esperar que el otro insista, que te diga por favor. Sólo entonces el niño educado puede ceder. Y no les quitaba el ojo de encima esperando que insistieran.

No insistieron, que Dios los tenga en su gloria. Estuvieron muy contentos de comprarme el clarín, puesto que, como dijeron, ése era mi deseo. Salí de allí con el clarín.

Con estas cuestiones se puede hacer lo que se quiera. El clarín sólo lo tuve. Creo que nunca llegué a hacerlo sonar. Pero estaba hablando de mi primer encuentro con Belbo. Nos conocíamos de vista, habíamos cruzado algunas palabras en el Pílades, pero no sabía mucho de él, salvo que trabajaba en Garamond, algunos de cuyos libros había tenido ocasión de conocer en la universidad.

Editor pequeño, pero serio. Un joven que va a acabar la tesis siempre se siente atraído por alguien que trabaja para una editorial de cultura. Era la época en que todo el mundo se tuteaba: Belbo no eludía el tuteo imperante, pero estaba claro que lo dictaba por desprecio. Tuteaba para mostrar que a la vulgaridad respondía con la vulgaridad, pero que había un abismo entre tomarse la confianza y estar en confianza.

Le vi tutear con afecto, o con pasión, sólo pocas veces, y a pocas personas, a Diotallevi, a alguna mujer. A las personas que estimaba, pero que sólo conocía desde hacía poco, las trataba de usted. Así hizo conmigo durante todo el tiempo en que trabajamos juntos, y yo aprecié el honor. Estoy acabando una tesis sobre los templarios.

Trabajo sobre los documentos del proceso. La función del redactor consiste en reconocer a los locos con una ojeada. Su nombre es legión. En seguida se lo explico, que usted es joven. De todas maneras, también era un filólogo del Renacimiento, creo. Pero no somos parientes. Nosotros dos, por ejemplo. O, al menos, no es por ofender, yo. En suma todo el mundo, si se mira bien, participa de alguna de esas categorías.

Digamos que la persona normal es la que combina razonablemente todos esos componentes o tipos ideales. Creo que hoy en día sucede lo mismo con el chino. Y volviéndose hacia mí No pretendo arreglar el universo. Estoy diciendo qué es un loco para una editorial. Pílades, por favor, con menos hielo. Si no, hace efecto en seguida. Se aplasta el helado contra la frente, no puede ni coordinar los movimientos. Entra en la puerta giratoria por el lado opuesto.

Por eso es un cretino. No nos interesa, se le reconoce en seguida, y no aparece por las editoriales. Es un comportamiento social. El imbécil es el que habla siempre fuera del vaso. Incomoda a todos, pero les proporciona temas de conversación. Habla fuera del vaso cuando otros han metido la pata, consigue cambiar de tema Pero a nosotros no nos interesa, no es nunca creativo, trabaja de prestado, de manera que no presenta manuscritos en las editoriales.

Confunde las reglas de conversación, y cuando las confunde bien es sublime. Creo que es una raza en extinción, un portador de virtudes eminentemente burguesas.

Necesita un salón Verdurin, o mejor, Guermantes. Perdone, pero esta noche estoy festejando una decisión histórica de mi vida. He dejado de beber. No diga nada, me haría sentir culpable. Se equivoca de razonamiento. Es el que dice que todos los perros son animales domésticos y todos los perros ladran, pero que también los gatos son animales domésticos y por tanto ladran.

O que todos los atenienses son mortales, todos los habitantes del Pireo son mortales, de modo que todos los habitantes del Pireo son atenienses. Ya estamos en el umbral en el que sospechamos que algo no funciona, pero es necesario un esfuerzo para demostrar qué es lo que no cuadra y por qué. Es un maestro del paralogismo. No hay salvación para el redactor editorial, debería emplear una eternidad. Dios tiene que existir porque puedo pensarlo como el ser dotado de todas las perfecciones, incluida la existencia.

Confunde la existencia en el pensamiento con la existencia en la realidad. Puedo pensar en una isla en el mar aunque esa isla no exista.

Confunde el pensamiento de lo contingente con el pensamiento de lo necesario. Todo para poder denunciar la estupidez cósmica. Mejor dicho, no es por ofender, salvo usted. El cretense Epiménides dice que todos los cretenses son mentirosos. Si lo dice él que es cretense y conoce bien a los cretenses, es cierto.

Algunos de los que no creen que Dios haya creado el mundo en siete días no son fundamentalistas, pero algunos fundamentalistas creen que Dios ha creado el mundo en siete días, por tanto nadie que no crea que Dios haya creado el mundo en siete días es fundamentalista. Viola una de las leyes del silogismo. De dos premisas particulares no pueden extraerse conclusiones universales.

Toda la historia de la lógica es un intento por definir una noción aceptable de estupidez. La estupidez de un pensamiento es la incoherencia de otro pensamiento. Al loco se le reconoce en seguida. En cambio, el loco no se preocupa por tener una lógica, avanza por cortocircuitos.

Para él, todo demuestra todo. El loco tiene una idea fija, y todo lo que encuentra le sirve para confirmarla. Al principio no se los reconoce, parece que hablan de manera normal, pero luego, de repente A propósito de los templarios. El otro día un tío me dejó un original sobre ese tema.

Seguro que es un loco, pero con rostro humano. El texto empieza sin estridencias. Así me dice en seguida si el texto vale la pena. Confio en la curiosidad. Entró un estudiante con el rostro alterado: Son alarmas que hace circular Pílades para despejar el local. Para ser la primera noche que dejo de beber, reconozco que estoy un poco alterado. Debe de ser la crisis de abstinencia. Todo lo que le he dicho hasta este instante es falso.

Su esterilidad era infinita. La conversación en el Pílades me había mostrado el rostro externo de Belbo. Veo ahora este file donde, en el fondo, Belbo trataba de novelar lo que al día siguiente me habría dicho en Garamond sobre su oficio. Ver mañana al joven Cinti. Es la influencia del maestro, corre el riesgo de que le niegue el prefacio, se jugaría la carrera.

Pero basta con ponerla en cursiva, en forma de comentario libre, ajeno a la investigación propiamente dicha, con ello la hipótesis se presenta como tal y no compromete la seriedad del trabajo.

Transformar los libros con dos palabras. Demiurgo de la obra de otro. En lugar de coger arcilla blanda y plasmarla, unas cinceladas a la arcilla endurecida en la que ya otro ha esculpido su estatua.

Moisés, darle el martillazo justo, y ése va y habla. Recibir a William S. Por ejemplo, el espectro paterno. Yo lo pondría al comienzo. Para que la admonición del padre domine en seguida el comportamiento del joven príncipe y lo ponga en conflicto con la madre. Tomemos un pasaje al azar, mire, este donde el joven se planta en el proscenio y empieza a meditar sobre la acción y la inacción. Debo soportar las ofensas de una suerte hostil o Yo le haría decir la pregunta es ésta, éste es el problema, entiende lo que quiero decir, no su problema personal sino la cuestión fundamental de la existencia.

La alternativa entre ser y no ser, por poner un ejemplo Como si fueras Dios de paisano. Una novela sobre Dios de incógnito. Empiezas a acostumbrarte, te llaman Jim, como a todos los blancos, una muchacha de piel ambarina entra una noche en tu choza y te dice: Coges la motora, llegas a Manila, desde allí un avión de hélice te lleva a Bali. Y he aquí que al llegar descubres que las librerías exhiben todos tus libros, en reediciones criticas, ves tu nombre en el frontón de la vieja escuela donde aprendiste a leer y escribir.

Eres el Gran Poeta Desaparecido, la conciencia de la generación. Podría hablar, borrar el tiempo. Soy Dios, la misma soledad, la misma vanagloria, la misma desesperación por no ser una de mis criaturas como todos. Todos viven en mi luz mientras yo vivo en el insoportable titilar de mis tinieblas. Eres famoso, pasas a mi lado y no me reconoces. Yo susurro para mis adentros ser o no ser y me digo bravo Belbo, buen trabajo.

Ve, viejo William S. Nosotros, que hacemos parir los partos de otros, como los actores, no deberíamos ser sepultados en tierra consagrada. Pero los actores fingen que el mundo, tal cual es, funciona de otra manera, mientras que nosotros fingimos del infinito universo y mundos, la pluralidad de los composibles Al día siguiente fui a Garamond. Entrando a la derecha había un ascensor digno de ser exhibido en un pabellón de arqueología industrial, y cuando traté de utilizarlo, dio unas sacudidas bastante sospechosas, sin decidirse a funcionar.

Por prudencia preferí bajarme y subir dos tramos de una escalera casi de caracol, de madera, bastante polvorienta. Como supe después, al señor Garamond le gustaba aquella sede porque le recordaba a una editorial parisina. Pero era imposible entrar sin ser visto desde un pequeño despacho situado enfrente, de manera que en seguida me abordó una persona de sexo probablemente femenino, de edad imprecisa y de estatura que un eufemista hubiera podido definir como inferior a la media.

La mencionada persona me agredió en un idioma que me pareció haber oído ya en alguna parte, hasta que comprendí que era un italiano casi exento de vocales. Después de hacerme esperar unos segundos, me condujo por el pasillo hasta un despacho del fondo.

Belbo me recibió amablemente: No se llama Gudrun. Quiere decirlo todo en seguida y ahorra vocales. Pero tiene el sentido de la justitia aequatrix: Pero al menos cuando se pierde un original se sabe quién tiene la culpa. En una editorial todos pierden los originales. Creo que ésa es la actividad principal. Percances desagradables para lo que el bueno de Bacon llamaba The advancement of learning.

Si se supiese dónde, no estarían perdidos. Pero él se ocupa de los manuales, las obras de larga duración, largas de preparar y largas de vender, en el sentido que venden durante mucho tiempo. De las ediciones universitarias me encargo yo. Pero no se engañe, tampoco es un trabajo tan enorme. Claro que con ciertos libros me entusiasmo, tengo que leerme los originales, pero en general todo es trabajo ya garantizado, económica y científicamente.

Si se trata de un autor novel, el maestro escribe el prefacio y carga con la responsabilidad. El autor corrige al menos las primeras y segundas galeradas, verifica las citas y las notas, y no cobra derechos. No hay sorpresas, todos los libros dan beneficios. Ante todo hay que escoger. Raramente son cosas que valgan la pena, pero hay que examinarlos, nunca se sabe. Hablaba suavemente, como si estuviese educando a un niño. Tendría que volver a escribirlo y no tengo ganas. Oye, se me acaba de ocurrir una buena: Yo estaba pensando en Hípica Azteca.

El departamento de Tripodología Felina tiene una función propedéutica, tiende a desarrollar el sentido de lo trivial. Un departamento importante es el de Adynata o Impossibilia. Por ejemplo, Urbanística Gitana e Hípica Azteca La esencia de esta disciplina consiste en comprender las razones profundas de su trivialidad, y en el departamento de Adynata también de su imposibilidad. Pero prosigamos, puesto que el proyecto le interesa.

Diotallevi extrajo un papelito del bolsillo y me miró con sentenciosa simpatía: Por eso estimo que la Urbanística Gitana tendría que incluirse en ella Los Adynata se refieren a una imposibilidad empírica, mientras que la Oximórica abarca la contradicción en los términos. A esas alturas me sentía retado a demostrar mi temple. Sin quererlo hemos trazado el perfil ideal de un saber real. Hemos demostrado la necesidad de lo posible. Pero ahora debo marcharme.

Aquí enfrente hay dos o tres casas donde viven judíos ortodoxos, esos de sombrero negro, barba y bucle. De manera que en el piso de enfrente empiezan a prepararlo todo, a lustrar el candelabro, guisar los alimentos, disponer las cosas para que mañana no sea necesario encender fuego. Como Graziadio, Diosiaconte, traducciones del hebreo, nombres de gueto, como Shalom Aleichem.

Y tu abuelo era un expósito. Resígnate, eres un gentil como todos. Cualquiera puede hacerse circuncidar por higiene. Basta un médico con termocauterio. Pero también hubiera podido ser el heredero del trono de Bizancio, o un bastardo de los Habsburgo. Esta discusión se produce casi cada día, salvo que cada día trato de usar un argumento nuevo. Pero también hubo cabalistas cristianos. De pronto recordé el motivo de mi visita. Estaba en una cartera de piel artificial Entretanto hurgaba en una pila de originales y trataba de extraer uno, justo en medio, sin mover los otros.

De hecho, la pila se desplomó en parte sobre el suelo. Ahora Belbo tenía en la mano la carpeta de piel artificial. Miré el índice y la introducción. En , Felipe el Hermoso decide arrestar a todos los templarios de Francia. Se dice que se trataba de un grupo de caballeros guiados por un cierto Aumont, que luego se refugiaron en Escocia, uniéndose a una logia de albañiles en Kilwinning. También éste pretende descubrir los origenes de la masonería en esa fuga de los templarios a Escocia Es una historia rumiada desde hace dos siglos, y que se basa en meras fantasías.

No existe ninguna prueba, le puedo poner sobre su mesa varias docenas de librillos que cuentan la misma historia, unos copiados malamente de los otros. Escuche esto lo tomo al azar: Lo quito de en medio. Pero su historia de los templarios me interesa. Por una vez que tengo a mano un experto no quisiera que se me escapase. No, no me lo diga ahora. Se ha hecho tarde, dentro de poco Diotallevi y yo tenemos que ir a una cena con el señor Garamond.

Pero terminaremos a eso de las diez y media. Trataré de convencer a Diotallevi de que se venga conmigo al Pílades: Soy de una generación perdida y sólo me reconozco si presencio acompañado la soledad de mis semejantes.

Li frere, li mestre du Temple Qu'estoient rempli et ample D'or et d'argent et de richesse Et qui menoient tel noblesse, ou sont il? Chronique a la suite du roman de Favel. Et in Arcadia ego. Estos contratos no escritos son especiales y son de mutuo acuerdo previo. Esta web es para mayores de 18 años. Utilizamos cookies técnicas para el correcto funcionamiento de la web. Elige entre las escorts y putas que tenemos seleccionadas para tus contactos en Barcelona, aventura garantizada.

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