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Pues eso, que Fu dio varias vueltas al loft persiguiéndome y yo me dejé coger dos veces, las suficientes para que pudiera besarme antes de verme obligada a darle una bofetada —ya sabéis por qué— y seguir corriendo. Pero cuando me disponía a hacerle creer que me rendía ante su encanto viril, le dije: Entonces alguien se puso a llamar a la puerta. Y no era una llamada tipo: Era como si hubiera oferta de llamadas en la tienda de llamadas.

Compra una llamada y llévate otra gratis en Llamadas y Cosas. Sabía que debió haberle enseñado, tal y como el viejo vampiro le había enseñado a ella, pero ya era tarde. Vivo y despiadadamente consciente. Sí, la había dentro del uniforme y en la acera junto a las muñecas y en el cuello del uniforme, pero no en la acera bajo el uniforme. Vale, aquí ha pasado algo, pero igual es cosa de críos. Rivera negó con la cabeza y volvió a acuclillarse ante el uniforme vacío.

Sabía qué era ese polvo, y Cavuto también sabía qué era ese polvo. La chica espeluznante dijo que se habían ido de la ciudad. El Emperador dijo que vio al viejo vampiro subir a un barco, y que se fue con un montón de ellos. Rivera alzó un dedo para acallarlo. Habían acordado no usar la palabra que empieza con uve cuando hubiera gente delante. En ese momento se produjo un alboroto junto a la cinta que rodeaba la escena del crimen y un agente uniformado dijo:. Dice que tiene que ver a su hija, que vive en ese apartamento.

El agente señaló a la salida de incendios del loft donde vivía la chica espeluznante con su novio. Una atractiva rubia que rondaba el final de la treintena, vestida con una bata médica de cachemira, intentaba sortear al agente.

Vale, esas no fueron sus palabras exactas, pero ese era el trasfondo. Así que decidí darle la vuelta a la tortilla haciéndole preguntas antes de que pillara el ritmo de su interrogatorio y me acogotara con su culpabilidad de madre. Así que me revuelvo contra él. Y el poli se pone todo frío y me dice: Así que me pongo a pensar. Entonces me acerco al poli gay grandullón y pongo mi vocecita de niña buena. Oh, me dejas destrozada.

Iba a llorar un poco, pero me había aplicado el rímel con el dibujo de la verja de las puertas del infierno y no quería ponerme mapache tan a primera hora del día, así que solo solté un sollozo. Y me soné la nariz en la manga del policía gay grandón.

A Fu y a mí nos gusta mantener el numerito de científico loco en la intimidad del tocador. Y el policía hispano estaba todo tranquilo, asintiendo y sonriendo, lo que endureció un tanto mi confianza.

Muy en plan hip-hop. Y yo le suelto: No hay, no sé, cucuruchos tachonados de pasas, ni perros tachonados de pulgas. No sé, se me acaba de ocurrir. Pero en vez de esconder la cabeza y chillar como una zorrita, que es lo que yo quería que hiciera, el poli gay grandón cruza la habitación y le pone las esposas a Fu en algo así como segundos, y las cierra con fuerza.

Y Rivera va y dice: Me vi obligada a bajarme la falda en señal de derrota. Y voy yo y le suelto: Todo es siempre por el dinero. Un punto para el inspector Obviedades; vivimos en su loft , gastamos su pasta y colgamos las toallas mojadas en sus cuerpos bronceados. Todos los vampiros se fueron. Pero Rivera va y dice: Cavuto, el poli gay grandón, suelta: Y va Fu y dice: Y él hace como una arcada lo cual fue cruel y replica: No me estoy insinuando, Allison. Y me levanté el top y le enseñé las domingas.

Y no solo un instante, sino durante un rato glorioso y tetudo. Y corrí al dormitorio y cerré la puerta. Pues eso, que me quedé mirando al oscuro abismo que es el sinsentido de la existencia humana, porque no ponían nada en la tele.

Y al examinar las profundidades de mi alma me di cuenta de que debía dejar de usar el sexo como un arma, y que solo debía usar mis poderes de seducción para el bien, a no ser que Fu quisiera hacer algo rarito, en cuyo caso le haría firmar una dispensa. Y dado que la condesa y mi señor Flood no me llevaron al huerto tendré que buscarme otro modo de conseguir el poder de la sangre. He tomado unas pastillas y todo me da vueltas.

Entonces Fu me suelta: Y el malvado poli hispano continuó diciendo: Y los tres me niegan con la cabeza. Y Fu, que ya no tiene las esposas, dice: Y yo le digo: Y él me suelta: Me eché a llorar y el rímel se disolvió en pena. Y así he acabado prisionera de la temida robomadre y Fu debe enfrentarse solo a la amenaza de Chet. Si hubiera conocido a Allison cuando le dije a mi padre que era gay, creo que él habría entendido mucho mejor por qué me gustan los tíos. Estabas diciendo que debemos ir al estadio a por perritos para comer.

Alice había dicho que fue porque era demasiado policía e insuficiente marido, pero siempre había dudado de esa afirmación. Rivera aparcó en zona prohibida porque podía y apagó el motor. Se recostó y miró la pared que tenían delante. En la ciudad de San Francisco vive una bandada de loros silvestres.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo llegaron a la ciudad. Probablemente desciendan de animales capturados en la selva y luego liberados en los cielos de la ciudad cuando resultaron ser demasiado salvajes para servir de mascotas.

Sobrevuelan los muelles del norte de San Francisco, buscando fruta, bayas y flores, desde Presidio en la entrada del puente Golden Gate, hasta Pacific Heights, Marina, Russian Hill, North Beach, y hasta el edificio Ferry junto al puente de la bahía de Oakland. Aun así, a veces resultan atacados. Y aunque son criaturas amables, se defienden mordiendo con sus gruesos picos hechos para partir semillas.

El Emperador se arrastró para salir de la pila de gomaespuma, se levantó y se estiró; sus articulaciones crujieron por el frío como antiguas puertas de iglesia. Los tres miraron una cincuentena o así de loros garrir mientras volaban alrededor de la torre Coit y se dirigían hacia el embarcadero cuando, de pronto, dejaron de volar, estallaron en llamas y cayeron en la plaza Levi como una humeante tormenta de cometas moribundas.

El retriever era una versión perruna de la momia, vendado de las orejas a la cola tras su encuentro con los gatos vampiro. El veterinario de la misión había querido retenerlo en observación, pero el retriever no había pasado ni una sola noche separado del Emperador desde que se encontraron el uno al otro, y el veterinario no tenía sitio para un monarca tan alto y corpulento, por no hablar del animoso terrier de Boston, así que los tres fueron a acurrucarse bajo la gomaespuma.

Llevaba la cabeza afeitada a ambos lados y en el centro lucía una cresta sin laca que le caía sobre los ojos salvo cuando se tumbaba o miraba hacia arriba. Lo que preocupaba a Fu no era que Jared llevase botas de chica, sino que eran las botas de una chica con pies claramente pequeños.

Fu no podía creerse que estuviera manteniendo esa discusión. Y lo que era peor, no podía creerse que la estuviera perdiendo. Vamos a descargar las ratas. Tengo que ponerme a trabajar. Yo lo hice con mi primera rata, Lucifer. Nunca lo habría supuesto. Déjalas en el suelo del salón. Mañana cogeré prestado el camión del trabajo y traeré mesas plegables donde ponerlas.

Abby dice que tenéis tanta pasta como para mandarlo todo a tomar por culo. Lo cual era verdad, en parte. Necesitaba mantener esa tapadera porque, al igual que Abby, no había dicho a sus padres que se había ido de casa. Estaban tan acostumbrados a que estuviera en la escuela, en el laboratorio o en el trabajo, que ni se habían dado cuenta de que no dormía en casa.

También ayudaba el que tuviera cuatro hermanos y hermanas menores, todos con un programa de estudios y trabajo demencialmente sobrecargado. Sus padres insistían mucho en lo del trabajo duro. Si trabajabas duro, las cosas te irían bien. Olían a kilómetros de distancia el trabajo duro, o su ausencia.

Podía salirse con la suya viviendo en un loft propio, con su novia espeluznantemente sexi y haciendo extraños experimentos genéticos con no muertos, pero si dejaba el trabajo lo notarían al segundo.

Fu y Jared necesitaron veinte minutos para subir todas las ratas y alinearlas a lo largo de toda la salita de estar. De momento, tienes que darles de comer y asegurarte de que haya agua en todas las jaulas. No tienes que vigilarlas todo el tiempo mientras no empiece el experimento. Fu se sintió repentinamente horrorizado ante la idea de tener que pasar la noche en el loft con un centenar de ratas, dos vampiros bronceados y Jared. Sobre todo con Jared. Igual debía irse y dejar a Jared vigilando las ratas, hacer acto de presencia ante sus padres, para despistarlos de su estilo de vida en un loft, con novia occidental y sin un trabajo duro.

No le gustaba pensar en las dos personas, bueno, vampiros, aunque se parecían mucho a la gente, que había ayudado a aprisionar en un cascarón de bronce. Le ponía la carne de gallina, lo cual era muy poco científico—.

Pero sin tocar —añadió. Hacía menos de una hora que los policías se habían llevado a Abby y ya la echaba tanto de menos como a un brazo cortado. El amor era muy poco científico. En una ocasión,Abby Normal se ofreció a pagarle a Jared un tatuaje que dijera: Mejor en un lado para dejarme crecer el pelo sobre él si no me gusta. En Urban Outfitters tienen estuches de pelo verde para el iPod. Me gustan los caramelos de chocolate blanco.

Marilyn Manson tendría que ser arrastrado por un coche de payasos hasta morir. Lo que intentaba decirle, aunque entonces Abby no lo sabía, era que bajo ninguna circunstancia podía dejarse a Jared solo en un apartamento con tiempo y café en abundancia, que era lo que acababa de hacer Fu.

Pero Jared Lobo Blanco saltó hacia ella como un niño gordo a por una magdalena, parando el golpe con su daga desangradora, también llamada Dedé. La daga era bastante real, treinta centímetros de acero inoxidable al carbón con la empuñadura en forma de dragón.

Jared la llevaba porque creía que le hacía parecer malote cuando se la quitaban los porteros de los clubs. Se torció el pie, perdió el equilibrio y, al caer, la daga hizo un profundo corte en la estatua de bronce. Entonces vio el corte que había hecho en el bronce, justo sobre la clavícula derecha de Jody. No quería hacerte daño. Pero tenía que salvar a Lucifer Segundo.

La usé en la pared aquella vez que nos bebimos el vodka de la madre de Abby y jugamos en el salón a guerras de dardos. Jared dejó caer la pesada daga al suelo, se puso en pie, se estremeció de dolor y se dirigió cojeando al cuarto de baño en busca de pasta de dientes. Localizó un tubo de control natural del sarro con bicarbonato justo cuando el sol desaparecía por el oeste bajo el horizonte.

En el salón, un chorro de niebla fino como un alfiler empezó a escaparse por el corte de la estatua de bronce. Seguramente no se habría arreglado con pasta de dientes. Y como suele pasar con los aventureros, tras la aventura se sentían un tanto aburridos y preocupados por si nunca volvería a pasarles algo emocionante. Cuando has compartido con tus colegas una prostituta azul en la que te has gastado cosa de medio millón de dólares, para que luego ella te mate y te resucite antes de perderse en la noche, resulta como el anticlímax lo de contarse unos a otros con qué tía ligaste el otro día.

Después de todo, todos se pasaban las noches trabajando y el mayor, Clint, solo tenía veintitrés años, así que la mayoría de las historias que contaban eran burdas exageraciones, fantasías o descaradas mentiras. Los siete, los Animales, se pararon a un lado del escaparate mientras el Emperador golpeaba en el otro, con sus leales sabuesos saltando y ladrando a su lado. Completamente asustado de cojones. Yo voto por dejarlo entrar. Pobrecito —dijo Troy Lee, el experto en artes marciales del grupo que se ocupaba del pasillo de la cristalería—.

Como soy chino siento la profunda necesidad de zamparme animales domésticos. Anda, por qué no le dejas entrar antes de que mi fuerza interior china me obligue a usar mi kung-fu en tu culo de cabrón. Como Lash sabía que solo era el líder mientras le dijera a todo el mundo que hiciera lo que de todos modos querían hacer, y como ya había padecido ese kung-fu en su culo de cabrón, quitó el cerrojo y dejó pasar al Emperador.

Cuando Lash abrió la puerta, el anciano cayó dentro de la tienda. Jeff y Drew sentaron al Emperador ante una de las mesas registradoras y Troy Lee le pasó una botella de agua. Lash puso los ojos en blanco. Sí que habían pasado por eso antes, y cerrar o no la puerta no supondría mucha diferencia si lo que seguía al anciano era un vampiro.

Un chillido agudo parecía brotar de la niebla, descompuesto en un chorreo de sonidos, como si lo hubieran sampleado, ampliado y duplicado mil veces. El borde del banco de niebla bullía con distintas formas: La gente de la calle desaparece. Solo quedan sus ropas y un polvo gris. Los gatos matan todo lo que encuentran a su paso. Una garra de gato de niebla se filtró bajo la puerta y arañó el borde de las playeras de Lash.

Este cerró la puerta, se guardó la llave y retrocedió. Al otro lado de la ciudad, en el dormitorio de un moderno loft del elegante barrio SOMA, el aspirante a follarratas Jared Lobo Blanco alzaba la mirada del tobillo dolorido que se estaba frotando para ver entrar en la habitación a una pelirroja completamente desnuda. En la mano derecha sostenía la daga de doble filo de Jared.

Era evidente que madre nos consideraba demasiado jóvenes para irnos a vivir juntos a la semana de conocernos, y a un apartamento robado a dos no muertos junto con su absurdo montón de pasta. Y aunque en realidad no sabía nada de la parte de los no muertos y de la pasta, había dejado muy clara su posición. Y Jared me suelta: Y Jared se calla por un segundo como si se lo estuviera pensando, y entonces va y dice: Pues eso, que empiezo a pensar que igual no es tan malo estar castigada en la fortaleza de Fillmore de la unidad materna si lo comparamos con tener a la condesa desahogando su rabia contigo por haberla encerrado en bronce.

Y Ronnie va y me dice desde su habitación que si voy a cogerlo. Y cojo el teléfono, y digo: Lo cual era una mentira total porque podía notar que estaba enfadada. Ahora necesito que me consigas una taladradora y una sierra para metal con muchas hojas de repuesto y que vengas al loft. Y va ella y suelta: Fu siente una profunda curiosidad intelectual por las cosas. La semana pasada me preguntó durante veinte minutos cómo era tener clítoris. Y yo me limité a repetir: Lo sé, soy una retrasada.

Tengo que aprender francés. Tienen como treinta y siete palabras para nombrar el clítoris. Y allí noto mogollón la animosidad que brota del Chapuzas Bob con delantal rojo que atiende, y le suelto: Dame una puta sierra y una taladradora. Y me lleva a la boutique del taladro donde elijo uno negro y rojo que va con mi vestido, y Bob elige una sierra que no le iba nada, pero no quise herir sus sentimientos y le dije que era très beau, que significa que mola en francés.

Porque no me va esa mierda. Solo me va el sadomaso y el bondage en lo referente al guardarropa. Cuando me hizo las alas de murciélago le grité tanto que estuve afónica dos días. Y voy y le digo: Y de pronto me siento como una mierda pinchada en un palo porque es evidente que se ha puesto copito de nieve por estar encerrada sin alimentarse. Así que le digo: Y Jody hace una pausa y me mira, con ojos que son todo esmeralda porque, menos por el pelo, no tiene nada de color en la cara y va y dice: No tuve oportunidad de enseñarle antes de que nos broncearas.

Y yo como que retrocedo porque ya he visto antes a la condesa cabreada, cuando los Animales secuestraron a Tommy y tuvo que machacarlos para recuperarlo, y ahora aprieta los dientes como si se contuviera para no arrancarme los brazos o algo por el estilo.

Así que palpo el botón en el puño de mi chupa solar. Y ella alarga la mano y antes de que pueda moverme me quita las pilas del bolsillo interior y me arranca los cables. Pero yo no me siento segura. Y Jody sierra como una loca el bronce por la parte en que ella solía estar para no cortar a Tommy, y por fin consigue cortar lo bastante como para apartar un trozo y mirar dentro.

Tengo que decir que, para ser alguien con superpoderes e inmortalidad, la condesa es un asco del culo con las herramientas. Parece que el don oscuro no incluye habilidades para hacer chapuzas caseras. Y una lagrimita de sangre le corre por la mejilla. Cuando Fu y yo nos mudamos allí metimos bajo la cama toda la ropa de Tommy y Jody en bolsas al vacío. Y yo le llevo la bolsa de sangre y ella la abre con los dientes y la vacía sobre los labios y dentro de la boca de Tommy y no pasa nada.

Y puedes oír que los huesos de las piernas le crujen al sacarlas como pretzels rompiéndose, pero él se arrastra sobre las manos, derribando muebles y ratas por todas partes, y viene directo hacia mí, con los colmillos por delante. Y yo busco el botón de la manga, pero ya lo tengo encima, mordiéndome el cuello. Es tan fuerte que es como luchar contra una estatua, y oigo a Jody gritar y la piel de mi cuello se desgarra a jirones.

Y como que vuelve la luz. Así que Jody me coge la cabeza y la aparta a un lado y quita mi mano de la mordedura. Y siento como si me fuera a desmayar. Pero ella se inclina y me lame el cuello, como tres veces, y luego vuelve a poner mi mano en la herida.

Y creo que entonces me desmayé, porque lo siguiente que recuerdo es a la condesa de pie ante mí llevando vaqueros y botas y la chaqueta de cuero roja, y metiendo bolsas de sangre en mi bolsa de mensajero de peligro biológico.

Yo le metí en esto. Nunca quiso nada de esto. Así que empieza a irse, sin siquiera despedirse, y yo le suelto: Y Jared estaba como tratando de coger algunas de las ratas que se habían escapado y va y dice: Jody se ha ido.

Sola en la noche. En San Francisco, si buscas un buen taco, vas al barrio de Mission. Si quieres un plato de pasta, vas a North Beach.

Chinatown es lo tuyo. Pero si buscas crac, una prostituta con una sola pierna o un tío durmiendo en un charco de su propia orina, nada mejor que el Tenderloin, que era adonde habían ido Rivera y Cavuto a investigar una denuncia de persona desaparecida. A esas horas de la mañana, las aceras del Tenderloin solían estar llenas de riadas de indigentes buscando el primer trago del día o un lugar donde dormir. Allí se dormía de día. Era demasiado peligroso hacerlo de noche. La cola de gente esperando para desayunar gratis debería estar dando la vuelta a la manzana hasta el Sagrado Corazón, pero en realidad apenas cubría la puerta.

Es el momento ideal para que te agencies una de esas prostitutas con una sola pierna —dijo Cavuto cuando entraban en la misión—. Con el bajón en la demanda, seguro que te lo hace gratis por ser policía.

Rivera se detuvo, se volvió y miró a su compañero. Una zona de hombres andrajosos que hacían cola también miraron, ya que Cavuto bloqueaba la luz de la entrada como un enorme eclipse arrugado.

Hacía veinticinco años que era un policía honrado. En realidad, los doscientos mil dólares que se habían llevado Cavuto y él no eran un soborno, sino, bueno, una compensación por agotamiento mental. Resulta estresante cargar con un secreto que no solo no puedes contar, sino que nadie se lo creería si lo contaras. Rivera y Cavuto se volvieron, como flores hacia el sol, esperanzados de encontrar algo de alivio en el humor.

Se conocían de antes. Había muchos asesinatos en Tenderloin y solo un puñado de personas cuerdas que supiera lo que pasaba en el barrio. Los condujo a través de la cocina y de un cuarto trastero hasta un pasillo de frío cemento que desembocaba en las duchas. El padre cogió un manojo de llaves que llevaba sujeto al cinturón con un cable y abrió una puerta con rejilla de ventilación—.

Hace una semana que empezaron a traérmelas, pero esta mañana vinieron como cincuenta cargados con ellas. El padre Jaime encendió la luz y se apartó. Rivera y Cavuto entraron en una habitación pintada de alegre amarillo, con las paredes llenas de estantes de color gris metalizado.

Había ropa apilada en todas las superficies horizontales, toda cubierta en diferente medida de un polvo gris grasiento. Rivera cogió una chaqueta de nailon a cuadros parcialmente desgarrada y salpicada de sangre. Rivera le dio la vuelta en el aire, intentando no hacer una mueca cuando vio la pauta de los desgarrones. No tienen un armario lleno de ropa donde escoger.

Puedo contar algo sobre la mayoría de la ropa que hay aquí. La gente de la calle no tiene gran cosa, pero no coge aquello que no puede llevar encima. Eso significa que esto es lo que no pueden aprovechar. Rivera dejó la chaqueta y cogió unos pantalones de trabajo, sin desgarros, pero cubiertos de polvo y manchados de sangre. Conozco a esta gente, Alphonse, y ha desaparecido.

Rivera sonrió para sus adentros cuando el cura usó su nombre propio. El padre Jaime tenía veinte años menos que Rivera, pero a veces le hablaba como si fuera un crío. Casi todas las víctimas que se cobró el viejo vampiro resultaron ser enfermos terminales y habrían muerto pronto de todos modos. Cavuto hizo una mueca y apartó la mirada. Y añada todo lo que recuerde de ellos.

Haga lo que pueda. Todo lo que recuerde. A no ser que le esté pasando algo en ese mismo momento, llamar primero a los uniformados solo conseguiría retrasar innecesariamente la investigación.

Rivera miró a su compañero, que no alzó la mirada de los polvorientos zapatos que estaba examinando. No estoy al tanto de que haya alguna relocalización generalizada de los sin techo, pero ha pasado antes. No siempre nos informan. El padre Jaime miró al policía con sus ojos de sacerdote, esos ojos que descubrían la culpa que Rivera siempre imaginaba al otro lado del confesionario. Salieron de nuevo por el comedor sin mirar a nadie a los ojos.

Una vez de vuelta en el coche, Cavuto dijo:. Van a por cualquiera que pillen por la calle. Supongo que van a por todo el que encuentren solo. Deberíamos volver y hablar con alguno de ellos cuando no estén delante el cura y sus voluntarios. Bueno, en realidad no es culpa nuestra. Si lo del padre Jaime es un ejemplo, se han comido como las tres cuartas partes de los sin techo de Tenderloin en, pongamos, una semana.

Si calculas que hay como tres mil mendigos en la ciudad, eso son dos mil doscientos muertos. Jubilarse pronto y vender libros raros en una bonita librería en Russian Hill. Aprender a jugar al golf—. Y no lo tenemos. La llamaban la región del vino.

No, la región del vino consistía sobre todo en apartamentos destartalados, sórdidas pensiones, vulgares cines porno y viejas naves industriales que ahora funcionaban como guardamuebles.

Fue a la sombra de esa abominación arquitectónica donde el Emperador buscó al gato vampiro alfa. Sus compañeros y él no se habían demorado mucho en la región del vino, ya que ya habían perdido una década con la botella, por lo que habían renunciado a la uva. El contenedor se desplazó sobre sus ruedas oxidadas, descubriendo la ventana de un sótano condenada con un tablero de contrachapado.

El edificio fue en tiempos una destilería, pero lo habían reformado para usarlo como almacén, exceptuando el sótano, la mitad del cual estaba tapiado por dentro. Por supuesto, había que estar borracho para pensar que ese era un buen lugar donde estar. Al apartar el contrachapado, el Emperador oyó un siseo y por la ventana se escapó un tufo a pelo quemado. El Emperador apartó la cara y tosió, moviendo la mano para apartarse el humo, y miró dentro del sótano.

Los había por docenas, y esos solo eran los que podían verse a la luz de la ventana. El Emperador se puso a gatas y se introdujo a través de la ventana, de espaldas. Se pilló el abrigo en el antepecho y eso le ayudó a bajar su gran volumen hasta el suelo.

Temo no poder subirte una vez estés aquí abajo. El Emperador se estremeció y combatió el impulso de salir corriendo hacia la ventana. No era un hombre especialmente valiente, pero tenía muy desarrollado el sentido del deber hacia su ciudad, y se sentía impelido a ponerse en peligro para protegerla, pese a los escalofríos que le recorrían la columna como un enorme ciempiés.

Empujó a un lado un gato muerto con el pie, encogiéndose al hacerlo. Pero no tenía linterna. Lo que tenía eran cinco librillos de cerillas y un cuchillo de cocina barato y mellado que había encontrado en un cubo de basura.

Esa era el arma que utilizaría para matar al gato vampiro. En los días en que era joven e ingenuo, el mes pasado, llevaba una espada de madera, pensando en clavarla en plan estaca en el corazón de los vampiros, como en las películas, pero había visto al viejo vampiro casi destrozado a base de explosiones, disparos y arpones de los Animales cuando estos destruyeron su yate, y nada de eso le había parecido tan efectivo como lo que hizo el pequeño espadachín del SOMA.

Aun así, habría estado bien tener una linterna. Encendió una cerilla y la sostuvo brevemente ante él mientras se internaba en la oscuridad, pisando entre los cuerpos de los gatos. Cuando la cerilla le quemó los dedos, encendió otra. Metió la mano en la gabardina y palpó el mango del cuchillo de cocina, que llevaba metido en el cinturón por la parte de la espalda. Cuando iba por el tercer librillo de cerillas, el Emperador vio una puerta de acero entreabierta.

Se acercó hasta ella; había menos gatos muertos y un claro en la carnicería, aunque solo cosa de medio metro, como si hubieran abierto un paso, pero estrecho. Se paró y contuvo el aliento. Oía voces, pero venían de la ventana, y había ladridos mezclados con ellas, y luego gritos de personas. Se oyó un golpe, seguido de un chirrido y un crujir oxidado, y el Emperador se dio cuenta de que era el sonido del contrachapado al ponerse en su sitio y del pesado contenedor al moverse para ocultarlo.

Los Animales estaban desperdigados en diversas posiciones del campo de baloncesto, lanzando tiros libres. De no ser por las gafas de pasta con forma de gato, habría parecido un Yoda gangsta, pero menos verde. Rivera se acercó a la mujercita y, pese a sentirse completamente avergonzado por hacerlo, chocó puños con ella. Miró a Lash, que había sido el líder en funciones de los Animales desde que Tommy Flood fue convertido en vampiro—. No hay tiempo para ponerse políticamente correctos ahora que estamos en el fin del mundo.

Todos se congregaron alrededor de los Animales sentados. Rivera sacó su libreta, se encogió de hombros y la devolvió al bolsillo. Drew encendió la cachimba, dio una chupada larga y se la pasó a Barry, el hombre rana calvo, que aspiró lo que ya salía por la boquilla. Y esto es el carné de la biblioteca. No tiene ninguna enfermedad —repuso Cavuto, sacando las esposas de la bolsita del cinturón. La vieja sonrió, alzó su tarjeta, hizo una artrítica seña que la identificaba como de la banda West Coast y dijo:.

Es nuestra costumbre —dijo Troy Lee con su misteriosa voz secreta de la antigua China. Acentuó el efecto inclinando un poco la cabeza desde su posición de sentado. El caso es que el Emperador llamó anoche a la puerta de la tienda todo acojonado por unos gatos vampiro. Y no sé cómo vais a acabar con ellos. Por eso es evidente que estamos ante el apocalipsis. Así que debe de haber al menos seiscientos sesenta y seis. Es lo que se hace cuando fumas hierba en un hotel y no quieres que alguien llame a seguridad.

Siempre debes tener una toalla a mano. Lo leí en una guía para hacer autoestop por la galaxia. Y no un apocalipsis con zombis que quieren comerte el cerebro. Por lo que ya sabemos. El Emperador los condujo hasta nosotros. Dijo que creía saber dónde estaba el primer gato vampiro y que él y sus hombres lo matarían y salvarían la ciudad.

La abuela de Troy Lee dirigió una parrafada en cantonés a su nieto, que replicó del mismo modo. La anciana se encogió de hombros, miró a Cavuto y a Rivera y habló durante unos treinta segundos, entonces le quitó el balón a Jeff y lanzó un tiro que no se acercó ni al aro, por el que todos la aclamaron.

Que cuando era niña hubo gatos vampiro en Pekín. Dice que no tienen ni media hostia. Esperó un momento, escuchando su propio pulso latiéndole en las sienes antes de encender otra cerilla. Tiró de la gran puerta de acero, empleando todo su peso, y se movió unos centímetros. Igual la otra salida estaba por allí. Cuando la abertura fue lo bastante amplia como para pasar por ella, metió el hombro, e hizo una pausa al apagarse la cerilla con el movimiento. El suelo estaba cubierto por una espesa capa de polvo, mezclado con ropa arrugada.

Abrigos harapientos, vaqueros y botas de trabajo, pero también ropa de brillantes colores, tops y pantalones ajustados, zapatos con plataforma de colores fluorescentes, sucios por el polvo y la oscuridad. Todo aquello había sido gente. Gente sin techo y prostitutas. Los villanos habían arrastrado a la gente hasta allí y se habían alimentado de ella hasta convertirla en polvo, como había dicho la niñita gótica.

Por muy fuertes o hambrientos que estuvieran, seguían siendo gatos caseros antes de convertirse en vampiros. Y no parecían trabajar en equipo. No conseguía imaginarse a una manada de veinte gatos vampiro arrastrando a un adulto hasta allí abajo.

La cerilla le quemó los dedos y la tiró a un lado, entonces sacó el cuchillo del cinturón antes de encender la siguiente. Cuando esta se encendió, vio algo en uno de los estantes al fondo de la habitación. Igual era una víctima que había sobrevivido. Agarró con fuerza el cuchillo y avanzó, intentando no reaccionar cuando la polvorienta ropa se le enganchó a los pies y los tobillos.

No, no era un gato. Al menos no era un gato doméstico. El Emperador alzó el cuchillo, dio un paso adelante y se detuvo. He fracasado como esbirra, como novia y como ser humano en general, y eso sin contar biología, que voy a suspender del todo pese a haber ido dos veces a clase.

La condesa se fue hace cosa de una semana, y nadie la ha visto, ni a ella ni al vampiro Flood. Los he buscado, sobre todo cuando se suponía que debía estar en clase. No sé dónde buscar. Y luego me ofreció trabajo porque dijo: Que es otro motivo por el que necesito encontrar a la condesa y pedirle perdón, porque mi nuevo móvil tiene vídeo y me muero de ganas de colgar en mi blog una grabación de Jody dispersando por todo el Tenderloin pedazos sangrientos de chuloputas.

La condesa me dio una charla sobre que debo respetarme a mí misma y que una mujer nunca debe renunciar a su dignidad ante un hombre a no ser que le regale joyas,. Por eso no quise trabajar en el periódico del colegio. Los periodistas no se enteran de lo que tienen que enterarse y no te dejan decir joder.

Pues eso, que cuando por fin volví a la guarida de amor, las ventanas estaban tapadas con contrachapado y Fu y Jared habían ordenado alfabéticamente todas las ratas y las tenían amontonadas y marcadas y eso.

Así que corrí a los brazos de Fu y lo besé un rato largo, y entonces miré alrededor y dije: Y Jared pone los ojos como un anime asustado y va y suelta: Y Jared va y dice: Lily es mi APS de repuesto. Antes era mi APS, pero en la época en que conocí a mi señor Flood y a la condesa, Lily recibió en su trabajo un libro por correo que la convenció de que era la Muerte, así que le dije: No era el beso de la Muerte, pero sí combinaba con mis puntas.

Y entonces voy y le digo: Le di la nota que escribió Fu con las tallas y el corte y eso. Y voy yo y contesto: Lo cual es cierto porque Lily tiene una bolsa de mensajero de robot pirata de PVC donde se puede esconder un niño pequeño, solo que lleva productos de belleza.

Y yo me disponía a contarle lo de la guarida del amor, y Fu y los mininos vampiro y todo eso, porque había estado en modo novio y desconectada, algo que Lily pilla a la primera. Moradores diurnos carrozas, pero Rivera tiene como un rollo de agente secreto. Rivera lleva ropa cara. Y a mí que me dan como arcadas. La robomadre se puso empalagosa con él. Me refiero en plan apocalipsis zombi atrapados en un centro comercial antes de tener que matarnos a tiros para que no nos coman el cerebro y nos transformen en no muertos.

Entonces sí que me lo tiraría. Así que voy y digo: Pero solo para que se sienta mejor, porque no tiene novio y a veces se pasa de putilla para compensarlo, pero sigue pareciéndome asqueroso. Y, para cambiar de tema, suelto: Si había visto gatos raros, si había visto al Emperador o a una pelirroja.

Y yo mientras gritando: Pero por fuera estoy toda tranquila y digo: Con un pelo que parecía una capa de rizos pelirrojos.

Yo mataría un cachorrito por tener una melena así. Yo no tenía manera de saber que se había hecho un tatuaje nuevo en ese hombro, así que no vino nada a cuento que me diera un puñetazo en la teta. Así que me pongo a gritar très alto y una señora rusa de arriba saca la cabeza por la ventana y suelta: Entonces me acuerdo y suelto: Y Lily va y dice: Es tan nihilista que como que no tiene gracia. Una de las cosas que Jody echaba de menos de ser humana era poder dormir.

Echaba de menos esa sensación de cansancio y satisfacción de cuando te metes en la cama y te sumes poco a poco en un mar crepuscular de sueños. De hecho, no había vuelto a sentirse cansada desde que era vampiro, salvo tras pasar mucho tiempo sin alimentarse.

La mayoría de las mañanas, a no ser que Tommy y ella hubieran hecho el amor y se hubieran quedado dormidos abrazados, solía ponerse en una postura relativamente cómoda y esperar a que saliera el sol y la durmiera.

El constante estado de alerta de su ser vampírico resultaba, bueno, un poco irritante. Sobre todo tras llevar una semana buscando a Tommy por la ciudad, forzando al límite sus sentidos aumentados, y teniendo que volver cada mañana al hotel con las manos vacías. Tommy había entrado cojeando en ese callejón y había desaparecido. Había mirado en todos los lugares de la ciudad adonde ella lo había llevado, en todos los lugares donde sabía que él estuvo, y seguía sin encontrar ni rastro de su presencia.

Ahora volvía por séptima vez a su habitación en el Fairmont. Y por séptima vez pondría el cartel de no molestar, cerraría la puerta, se pondría la sudadera, bebería de la bolsita de sangre que guardaba en la mininevera, se cepillaría los dientes, se metería bajo la cama y repasaría mentalmente un mapa de la ciudad hasta que se la llevara el alba.

Cuando bajaba por la calle California, intentó recordar si lo llevaba puesto al sacarlo del caparazón de bronce. La alarma del reloj sonó a dos manzanas del Fairmont y no pudo evitar sonreír un poco ante esa pequeña emoción.

Aceleró el paso, pensando que llegaría a su habitación con tiempo de sobra, pero que igual tendría que pasar de la sudadera y del aperitivo de sangre. Cuando llegó a los escalones del vestíbulo olió a cigarro puro, y a colonia Aramis, y la combinación le provocó un escalofrío eléctrico de alarma que le recorrió la columna antes de que pudiera identificar el peligro.

Rivera olía a Aramis, Cavuto a cigarro puro. Allí estaban, ante el mostrador de recepción, pero un botones los conducía ya hacia el ascensor. Los llevaba a su habitación. El cielo se estaba aclarando.

Se apartó de la puerta, salió a la acera y echó a correr. Había recorrido manzana y media de la calle Mason cuando encontró un callejón. Su primera noche como vampiro había sobrevivido metiéndose bajo un contenedor. Igual podía sobrevivir a ese día dentro de otro. Pero ya había alguien allí, el personal de la cocina de un restaurante, que había salido a fumar. No había callejones en las dos manzanas siguientes, luego un espacio estrecho entre edificios. Se arrastró por él hasta llegar a una estrecha puerta de contrachapado y ya había metido una pierna dentro cuando apareció un pit bull ladrando.

Volvió a la acera de un salto y continuó corriendo. Estaba en Nob Hill, zona descubierta con anchos bulevares, que antaño fue un gran barrio y ahora resultaba increíblemente molesto para cualquier vampiro necesitado de refugio. Dobló por la calle Jackson, rompiéndose el tacón de la bota derecha. Sabía que debía ponerse playeras, pero sus caras botas altas de cuero hacían que se sintiera un poco como una superheroína. Resultó que torcerse el tobillo duele un cojón, aunque seas una superheroína.

Por allí había edificios de ladrillo con toda clase de cuchitriles y tiendas en sótanos. Un edificio tenía en el sótano el esqueleto de la quilla de un barco de vela, una reliquia de cuando la fiebre del oro dejó tantos barcos abandonados en los muelles y la ciudad creció literalmente sobre ellos.

Examinó las calles que tenía delante buscando ventanas, puertas, intentando sentir movimiento dentro, buscando un lugar tranquilo, privado. A la izquierda, una puerta por debajo del nivel de la calle, con escaleras ocultas por una verja de hierro forjado cubierta de jazmines. Se imaginó saltando la verja, embistiendo contra la puerta con el hombro y metiéndose bajo lo primero que pudiera protegerla de la luz. Se quedó inmóvil en el aire y cayó en la acera, sin llegar a las escaleras, resbalando sobre el hombro y la cara.

Entonces se desmayó y empezó a arder bajo la luz del sol. La herboristería china olía a regaliz y a culo de mono seco. Los Animales se amontonaban en el estrecho pasillo entre mostradores, intentando esconderse tras la abuela de Troy Lee y fracasando de forma espectacular. Era como si lo hubieran tallado en una manzana y luego lo hubieran dejado en el antepecho de una ventana para que se secara durante cien años. Las paredes de la tienda estaban forradas desde el suelo hasta el techo con cajoncitos de madera oscura, cada uno con un pequeño marco de bronce y una tarjeta blanca con caracteres chinos.

Señalaba a una cosa negra y arrugada. Troy Lee habló en cantonés a la abuela, que le dijo algo al tendero, el cual ladró algo a modo de respuesta. Hubo una conversación con el tendero, tras la cual añadió—: Son cincuenta pavos el gramo. Troy transmitió la orden al tendero a través de su abuela. Este cortó la punta del pene de oso, la pesó y la puso en la pila de hierbas que había sobre una hoja de papel en el mostrador. Depende de nosotros —añadió en voz baja, hundiéndose bajo la capucha de la sudadera y poniéndose las gafas oscuras.

Una hora después estaban sentados a la mesa de la cocina de Lee, esperando a que hirviera la olla de veinte litros de sopa que estaba en el fuego. La abuela Lee se levantó de su asiento y se tambaleó hasta el fogón con el paquete de hierbas.

Mil gatos vampiro durmiendo. Un vampiro que fue humano. Un enorme híbrido de gato vampiro afeitado. Le quedaban cinco cerillas. El Emperador no era hombre inclinado a usar tacos, pero tras calibrar la situación y quemarse los dedos con la cuarta cerilla que le quedaba dijo:.

Había intentado todo lo que se le había ocurrido para escapar del sótano, desde usar grandes bidones vacíos de cincuenta y cinco litros para construir una escalera hasta la ventana hasta pedir ayuda a gritos como un hombre ardiendo, pero ni siquiera desde la plataforma de bidones consiguió la palanca o la fuerza necesaria para apartar el contenedor de la ventana.

Por el hueco del ascensor se filtraba un polvoriento rayo de atardecer procedente de alguna parte, y eso le indicó que no podría subir por allí y que la noche estaba peligrosamente cerca, ya que la luz estaba teñida de un ligero color anaranjado.

Los barriles habían contenido algo seco o sólido, y de no ser así tampoco habría sabido cómo evitar asfixiarse con el humo de los gatos quemados. Entonces, pensando en la forma de escapar de las llamas, se le ocurrió un modo de salvarse. Volvió a la despensa donde estaban Chet y Tommy y encendió una de sus preciadas cerillas para orientarse. Sí, la puerta tenía cerrojo, y dentro había suficientes barriles y estantes como para construir una barricada.

La cerilla se apagó y palpó por todo el cuarto hasta tocar la espalda de Tommy, su carne fría. Cogió a su antiguo amigo por las axilas y lo arrastró fuera del estante hasta sacarlo de la habitación, tropezando por el camino.

Tiró el cuerpo fuera e hizo una mueca por el crujido que se escuchó cuando cayó sobre los cuerpos inmóviles de los gatos muertos.

Volvió en la oscuridad, palpando hasta encontrar el pelo de Chet. Buscó lo que creía que eran sus patas delanteras y volvió a recorrer la habitación remolcando al enorme gato vampiro afeitado. Chet pesaba menos que Tommy, pero no por mucho, y el Emperador estaba sin aliento. No podía permitirse parar. El rayo de luz del hueco del ascensor ya era rojo. Ya comprendería el mensaje cuando estuviera a una o dos manzanas de distancia.

Los hombres estaban a salvo. Cuando se consumió la cerilla escuchó agitación fuera. Los cogió y los derribó ante la puerta.

Finalmente se arrastró hasta la estantería donde se habían acurrucado Tommy y Chet y se quedó allí mirando hacia la puerta. Buscó el mango del cuchillo de cocina que llevaba a la espalda, lo sacó y lo sostuvo ante sí. Al otro lado de la puerta se oyeron ruidos de gatos, maullidos, siseos y aullidos.

Habían despertado y se estaban moviendo. Un arañazo en la puerta, seguido de un torbellino de arañazos, como si alguien hubiera enchufado una pulidora, y todo se acalló con la misma rapidez con que había empezado y solo pudo percibir su propia respiración.

Un ligero rumor de ropas, seguido de un suave ronroneo. Y venía de su lado de la puerta, estaba seguro. La habitación estaba tal y como esperaba que estuviera, con una pila de restos y barriles, pero de debajo de los estantes que bloqueaban el paso a la puerta ascendía una capa de niebla que se desplazaba por el suelo hacia él, moviéndose en pequeñas oleadas que se asemejaban al sonido de un ronroneo.

Entonces me apartó como si yo fuera un chicle Sabrosiglobo que hubiera perdido la parte sabrosa de tanto masticarlo. Y él ignora del todo mis sentimientos heridos y dice: Así que Jared se tambalea por todo el loft hasta llegar a la puerta, y yo le suelto: Y Jared y yo empezamos a poner en las botellitas de agua la sangre que se dejó Jody. Y se levanta la pernera del pantalón y me enseña dónde lo han mordido como una docena de veces. Y de repente tengo un chorro de niebla subiéndome por las botas llevaba mis Doc Martens rojas y de él sale una cabecita.

Lo que debemos hacer es ponernos histéricos porque nos van a comer, doña Inconsciente. Y en ese momento la niebla empieza a tomar forma y a venir a por mí, y Fu vuelve a lanzar a otra rata de niebla al otro lado de la habitación. Y Fu me suelta: Tenemos que pensar en un modo de poder estudiarlas. Necesito que vuelvan a ser ratas. Y tengo que descubrir cómo se manifiesta esta niebla. Y él suspira hondo y me pone su cara de científico exasperado, y suelta: Aunque los daños han sido como menores, se podrían haber evitado del todo si no hubiera que cambiar tanto de marcha.

Todo me fue bien al ir a comprar la aspiradora, porque solo usaba la primera y la segunda. La cosa se torció al volver a casa, cuando empecé a sentirme segura y decidí comprobar si había una tercera. Yo iba toda en plan ninja a la ferretería Ace de la calle Castro, pero no aparqué porque eso requiere recular, cosa que no se encuentra en mi conjunto de habilidades. Así que me paro en doble fila y corro dentro y el carroza del mostrador va y me suelta: Pues eso, que encuentro a mi Chapuzas Bob gay y él me suelta: Y yo me siento como halagada del todo, porque lo de ir de compras es algo sagrado para los gais, pero estoy de misión y le suelto: Porque el rojo es el nuevo negro y va con mis Docs.

Bob me da unas palmaditas en el hombro y dice: Entonces Bob se vuelve todo protector y pone voz de padre conmigo y suelta: Entonces Chapuzas Bob me ayuda a meter el aspirador en el coche, porque resulta que para succionar a cien ratas se necesita un aspirador lo bastante grande como para que puedas dormir dentro. Y les entrego la tarjeta de Rivera, que saco de mi bolsa de mensajero como si fuera mi placa de malota. Y como en dos minutos aparecen Rivera y Cavuto, y ahora tienen un perro.

Se llama Marvin y es très mono. Es todo rojo, y es como un dóberman o algo así malote, pero le gusto del todo y mueve su pequeña colita cortada y le dejo beber de mi mano agua de la boca de incendios, y él la bebe, aunque hay agua de sobra por todas partes, pero supongo que debe de saber a calle y eso.

Así que acabo en la trasera del coche de los policías, con Marvin y la aspiradora. Íbamos muy apretados y Marvin me lamía toda la cara encantado, así que para cuando llegamos al loft tenía el maquillaje très corrido. Dile a tu novio que necesitamos las cazadoras ya.

Y te vas a casa en cuanto le des el mensaje. Pues eso, que me abandonaron en la acera con la aspiradora y se fueron. Necesito compadecerme y llorar por mi inocencia perdida, pero no. Tenemos que preparar el aspirador para que sorba niebla de rata vampírica y la convierta en pedazos de rata vampírica. Así que mientras Fu conecta cosas científicas a la aspiradora, yo tengo que bajar a Jared de la encimera de la cocina, donde ha decidido refugiarse y tener un ataque de nervios porque ya ha superado su nivel de tolerancia a la niebla de rata.

Cosa que Jared se toma como pie para empezar a chillar como una niña. Cuando Lily y yo pasamos por nuestra fase de lolitas góticas, que luego abandonamos, yo porque me había puesto el piercing del labio y cuando tomaba café con leche me babeaba todo encima de los encajes, y Lily porque los volantes le hacían el culo enorme, solíamos ir al parque de Washington Square a practicar nuestros gritos de niñas horrorizadas, pero Jared era mejor que nosotras incluso sin practicar.

Creo que es por su asma. Aunque Lily y yo le ganamos en lo de mirar fijamente en plan espeluznante. El caso es que me alegré de que Jody se hubiera deshecho de la daga, porque alguien habría podido perder un ojo de haberla tenido cuando lo saqué de la encimera con el soplete que la condesa había usado con Tommy. Aunque ahora estaba algo doblada.

Me has hecho daño. Esto es una mierda. Y la cosa habría sido mucho mejor si en ese momento hubiera podido irse dando un portazo, pero nos llevó media hora quitarle mis botas, conmigo sentada en el fregadero y él en la encimera, protegiéndome con la raqueta de tenis, porque resulta que yo también tengo una tolerancia muy baja a la niebla de rata que intenta morderme.

Así que Fu termina de hacerle cosas científicas a la aspiradora poniéndole diodos solares y eso y la enciende y empieza a succionar la niebla con impresionante potencia succionadora.

Pero yo no me siento segura. Resulta que la condesa eligió a Flood, al que llama Tommy, para que fuera su esbirro de día, su almuerzo en sangre y su esclavo sexual, porque trabajaba por la noche gay negro mamada el supermercado Safeway. Tenemos que pensar en un modo de poder estudiarlas. No hay tiempo para ponerse políticamente correctos ahora que estamos en el fin del mundo. Muy en plan hip-hop.

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El gato gritó y se retorció en las mandíbulas del retriever, intentando arañarle los ojos. Miró horrorizado que el espadachín se retorcía bajo sus atacantes.

El Emperador oyó que la puerta de acero de una salida de incendios golpeaba contra los ladrillos y la luz se derramó sobre la acera llegando a la calle. Antes de que pudiera avisarla, la chica salió a la calle y gritó:. Los gatos vampiro que atacaban al espadachín alzaron la mirada y sisearon, lo que traducido del gato vampiro significa: Ella corrió directa hacia el espadachín agitando los brazos como si espantara a las palomas o intentara secar una laca de uñas especialmente resistente y gritando como una loca.

Se oyó un chillido agónico colectivo procedente de los gatos vampiro, mientras gatos y partes de gatos echaban humo y ardían por toda la calle. Algunos gatos en llamas intentaron huir por el callejón que había al otro lado de la calle o esconderse bajo los coches, pero la chica flaca fue tras ellos, yendo de un lado hacia el otro, hasta que todos ardieron y se quemaron y quedaron reducidos primero a un burbujeante charco de pelo y porquería, y finalmente a un montón de fina ceniza.

Menos de un minuto después, la calle volvía a estar en silencio. Las luces de la chupa de la chica se apagaron. El espadachín se puso en pie y volvió a ponerse el sombrero plano. Sangraba por varias partes de la espalda y los brazos, y tenía sangre en los pantalones grises y los calcetines anaranjados, pero era imposible saber si la sangre era suya o de los gatos. Se paró ante la chica flaca y le hizo una profunda reverencia.

Tus habilidades como asesino de mininos son la hostia, si me permites decirlo. El espadachín hizo otra reverencia, breve y ligera, y luego dio media vuelta y se alejó, metiéndose en el callejón y perdiéndose de vista.

Este salió del cochecito y miró a su alrededor. Los coches aparcados estaban rociados de niebla roja y hasta las luces indicadoras de varias salidas de incendios estaban salpicadas de tripas. En el aire flotaba un humo acre procedente de los gatos quemados, y una ceniza gris grasienta se esparcía por las mangas y el cuello del uniforme de la controladora de aparcamiento que yacía en la acera.

El coche patrulla se detuvo y las puertas se abrieron de golpe. El conductor se paró tras su puerta, pistola en mano. La vida es un oscuro abismo de dolor, y yo estoy sola, separada de mi querido y delicioso Fu.

Pero, mira, he sido la hostia contra una banda de mininos vampiro. Estaban atacando al chiflado del Emperador y a sus perros justo ante nuestro loft y los salvé cuando salí a la calle y le di a la luz. Todo el mundo conoce al Emperador. Por eso lo llaman el Emperador. Pues eso, que Fu volvió por fin a casa y yo salté a sus brazos y como que lo tiré al suelo al darle un beso con lengua tan brutal que pude saborear la canela quemada de su alma, pero luego le di una bofetada para que no me tomara por una zorra.

Lo aprendí en la clase de Introducción a los medios de comunicación. Y Fu va y me dice: Y entonces se lo conté todo y le dije: Así es como le llamo cuando me refiero a sus habilidades de científico loco. Y voy yo y digo: Lo considera su casa.

Y yo pongo mi voz de Señora Oscura y le suelto: E hice como que me desmayaba en sus brazos en plan emo. Y se lo dije, porque estaba a punto de mearme encima, y no me van nada esas cosas.

Igual le cayeron algunas gotas en la boca. Igual no podemos solos con esto, Abby. Y meneó la cabeza hacia la estatua de la condesa y de mi señor Flood.

Pues eso, que Fu dio varias vueltas al loft persiguiéndome y yo me dejé coger dos veces, las suficientes para que pudiera besarme antes de verme obligada a darle una bofetada —ya sabéis por qué— y seguir corriendo. Pero cuando me disponía a hacerle creer que me rendía ante su encanto viril, le dije: Entonces alguien se puso a llamar a la puerta.

Y no era una llamada tipo: Era como si hubiera oferta de llamadas en la tienda de llamadas. Compra una llamada y llévate otra gratis en Llamadas y Cosas.

Sabía que debió haberle enseñado, tal y como el viejo vampiro le había enseñado a ella, pero ya era tarde. Vivo y despiadadamente consciente. Sí, la había dentro del uniforme y en la acera junto a las muñecas y en el cuello del uniforme, pero no en la acera bajo el uniforme.

Vale, aquí ha pasado algo, pero igual es cosa de críos. Rivera negó con la cabeza y volvió a acuclillarse ante el uniforme vacío. Sabía qué era ese polvo, y Cavuto también sabía qué era ese polvo.

La chica espeluznante dijo que se habían ido de la ciudad. El Emperador dijo que vio al viejo vampiro subir a un barco, y que se fue con un montón de ellos. Rivera alzó un dedo para acallarlo. Habían acordado no usar la palabra que empieza con uve cuando hubiera gente delante. En ese momento se produjo un alboroto junto a la cinta que rodeaba la escena del crimen y un agente uniformado dijo:.

Dice que tiene que ver a su hija, que vive en ese apartamento. El agente señaló a la salida de incendios del loft donde vivía la chica espeluznante con su novio. Una atractiva rubia que rondaba el final de la treintena, vestida con una bata médica de cachemira, intentaba sortear al agente.

Vale, esas no fueron sus palabras exactas, pero ese era el trasfondo. Así que decidí darle la vuelta a la tortilla haciéndole preguntas antes de que pillara el ritmo de su interrogatorio y me acogotara con su culpabilidad de madre. Así que me revuelvo contra él. Y el poli se pone todo frío y me dice: Así que me pongo a pensar.

Entonces me acerco al poli gay grandullón y pongo mi vocecita de niña buena. Oh, me dejas destrozada. Iba a llorar un poco, pero me había aplicado el rímel con el dibujo de la verja de las puertas del infierno y no quería ponerme mapache tan a primera hora del día, así que solo solté un sollozo.

Y me soné la nariz en la manga del policía gay grandón. A Fu y a mí nos gusta mantener el numerito de científico loco en la intimidad del tocador. Y el policía hispano estaba todo tranquilo, asintiendo y sonriendo, lo que endureció un tanto mi confianza. Muy en plan hip-hop. Y yo le suelto: No hay, no sé, cucuruchos tachonados de pasas, ni perros tachonados de pulgas.

No sé, se me acaba de ocurrir. Pero en vez de esconder la cabeza y chillar como una zorrita, que es lo que yo quería que hiciera, el poli gay grandón cruza la habitación y le pone las esposas a Fu en algo así como segundos, y las cierra con fuerza. Y Rivera va y dice: Me vi obligada a bajarme la falda en señal de derrota.

Y voy yo y le suelto: Todo es siempre por el dinero. Un punto para el inspector Obviedades; vivimos en su loft , gastamos su pasta y colgamos las toallas mojadas en sus cuerpos bronceados.

Todos los vampiros se fueron. Pero Rivera va y dice: Cavuto, el poli gay grandón, suelta: Y va Fu y dice: Y él hace como una arcada lo cual fue cruel y replica: No me estoy insinuando, Allison. Y me levanté el top y le enseñé las domingas. Y no solo un instante, sino durante un rato glorioso y tetudo.

Y corrí al dormitorio y cerré la puerta. Pues eso, que me quedé mirando al oscuro abismo que es el sinsentido de la existencia humana, porque no ponían nada en la tele. Y al examinar las profundidades de mi alma me di cuenta de que debía dejar de usar el sexo como un arma, y que solo debía usar mis poderes de seducción para el bien, a no ser que Fu quisiera hacer algo rarito, en cuyo caso le haría firmar una dispensa. Y dado que la condesa y mi señor Flood no me llevaron al huerto tendré que buscarme otro modo de conseguir el poder de la sangre.

He tomado unas pastillas y todo me da vueltas. Entonces Fu me suelta: Y el malvado poli hispano continuó diciendo: Y los tres me niegan con la cabeza. Y Fu, que ya no tiene las esposas, dice: Y yo le digo: Y él me suelta: Me eché a llorar y el rímel se disolvió en pena. Y así he acabado prisionera de la temida robomadre y Fu debe enfrentarse solo a la amenaza de Chet. Si hubiera conocido a Allison cuando le dije a mi padre que era gay, creo que él habría entendido mucho mejor por qué me gustan los tíos.

Estabas diciendo que debemos ir al estadio a por perritos para comer. Alice había dicho que fue porque era demasiado policía e insuficiente marido, pero siempre había dudado de esa afirmación. Rivera aparcó en zona prohibida porque podía y apagó el motor. Se recostó y miró la pared que tenían delante. En la ciudad de San Francisco vive una bandada de loros silvestres. Nadie sabe a ciencia cierta cómo llegaron a la ciudad.

Probablemente desciendan de animales capturados en la selva y luego liberados en los cielos de la ciudad cuando resultaron ser demasiado salvajes para servir de mascotas. Sobrevuelan los muelles del norte de San Francisco, buscando fruta, bayas y flores, desde Presidio en la entrada del puente Golden Gate, hasta Pacific Heights, Marina, Russian Hill, North Beach, y hasta el edificio Ferry junto al puente de la bahía de Oakland.

Aun así, a veces resultan atacados. Y aunque son criaturas amables, se defienden mordiendo con sus gruesos picos hechos para partir semillas. El Emperador se arrastró para salir de la pila de gomaespuma, se levantó y se estiró; sus articulaciones crujieron por el frío como antiguas puertas de iglesia. Los tres miraron una cincuentena o así de loros garrir mientras volaban alrededor de la torre Coit y se dirigían hacia el embarcadero cuando, de pronto, dejaron de volar, estallaron en llamas y cayeron en la plaza Levi como una humeante tormenta de cometas moribundas.

El retriever era una versión perruna de la momia, vendado de las orejas a la cola tras su encuentro con los gatos vampiro. El veterinario de la misión había querido retenerlo en observación, pero el retriever no había pasado ni una sola noche separado del Emperador desde que se encontraron el uno al otro, y el veterinario no tenía sitio para un monarca tan alto y corpulento, por no hablar del animoso terrier de Boston, así que los tres fueron a acurrucarse bajo la gomaespuma.

Llevaba la cabeza afeitada a ambos lados y en el centro lucía una cresta sin laca que le caía sobre los ojos salvo cuando se tumbaba o miraba hacia arriba. Lo que preocupaba a Fu no era que Jared llevase botas de chica, sino que eran las botas de una chica con pies claramente pequeños. Fu no podía creerse que estuviera manteniendo esa discusión. Y lo que era peor, no podía creerse que la estuviera perdiendo. Vamos a descargar las ratas. Tengo que ponerme a trabajar. Yo lo hice con mi primera rata, Lucifer.

Nunca lo habría supuesto. Déjalas en el suelo del salón. Mañana cogeré prestado el camión del trabajo y traeré mesas plegables donde ponerlas. Abby dice que tenéis tanta pasta como para mandarlo todo a tomar por culo. Lo cual era verdad, en parte. Necesitaba mantener esa tapadera porque, al igual que Abby, no había dicho a sus padres que se había ido de casa.

Estaban tan acostumbrados a que estuviera en la escuela, en el laboratorio o en el trabajo, que ni se habían dado cuenta de que no dormía en casa.

También ayudaba el que tuviera cuatro hermanos y hermanas menores, todos con un programa de estudios y trabajo demencialmente sobrecargado.

Sus padres insistían mucho en lo del trabajo duro. Si trabajabas duro, las cosas te irían bien. Olían a kilómetros de distancia el trabajo duro, o su ausencia. Podía salirse con la suya viviendo en un loft propio, con su novia espeluznantemente sexi y haciendo extraños experimentos genéticos con no muertos, pero si dejaba el trabajo lo notarían al segundo. Fu y Jared necesitaron veinte minutos para subir todas las ratas y alinearlas a lo largo de toda la salita de estar.

De momento, tienes que darles de comer y asegurarte de que haya agua en todas las jaulas. No tienes que vigilarlas todo el tiempo mientras no empiece el experimento. Fu se sintió repentinamente horrorizado ante la idea de tener que pasar la noche en el loft con un centenar de ratas, dos vampiros bronceados y Jared. Sobre todo con Jared. Igual debía irse y dejar a Jared vigilando las ratas, hacer acto de presencia ante sus padres, para despistarlos de su estilo de vida en un loft, con novia occidental y sin un trabajo duro.

No le gustaba pensar en las dos personas, bueno, vampiros, aunque se parecían mucho a la gente, que había ayudado a aprisionar en un cascarón de bronce. Le ponía la carne de gallina, lo cual era muy poco científico—. Pero sin tocar —añadió.

Hacía menos de una hora que los policías se habían llevado a Abby y ya la echaba tanto de menos como a un brazo cortado. El amor era muy poco científico. En una ocasión,Abby Normal se ofreció a pagarle a Jared un tatuaje que dijera: Mejor en un lado para dejarme crecer el pelo sobre él si no me gusta.

En Urban Outfitters tienen estuches de pelo verde para el iPod. Me gustan los caramelos de chocolate blanco. Marilyn Manson tendría que ser arrastrado por un coche de payasos hasta morir. Lo que intentaba decirle, aunque entonces Abby no lo sabía, era que bajo ninguna circunstancia podía dejarse a Jared solo en un apartamento con tiempo y café en abundancia, que era lo que acababa de hacer Fu.

Pero Jared Lobo Blanco saltó hacia ella como un niño gordo a por una magdalena, parando el golpe con su daga desangradora, también llamada Dedé. La daga era bastante real, treinta centímetros de acero inoxidable al carbón con la empuñadura en forma de dragón. Jared la llevaba porque creía que le hacía parecer malote cuando se la quitaban los porteros de los clubs.

Se torció el pie, perdió el equilibrio y, al caer, la daga hizo un profundo corte en la estatua de bronce. Entonces vio el corte que había hecho en el bronce, justo sobre la clavícula derecha de Jody.

No quería hacerte daño. Pero tenía que salvar a Lucifer Segundo. La usé en la pared aquella vez que nos bebimos el vodka de la madre de Abby y jugamos en el salón a guerras de dardos. Jared dejó caer la pesada daga al suelo, se puso en pie, se estremeció de dolor y se dirigió cojeando al cuarto de baño en busca de pasta de dientes. Localizó un tubo de control natural del sarro con bicarbonato justo cuando el sol desaparecía por el oeste bajo el horizonte.

En el salón, un chorro de niebla fino como un alfiler empezó a escaparse por el corte de la estatua de bronce. Seguramente no se habría arreglado con pasta de dientes. Y como suele pasar con los aventureros, tras la aventura se sentían un tanto aburridos y preocupados por si nunca volvería a pasarles algo emocionante. Cuando has compartido con tus colegas una prostituta azul en la que te has gastado cosa de medio millón de dólares, para que luego ella te mate y te resucite antes de perderse en la noche, resulta como el anticlímax lo de contarse unos a otros con qué tía ligaste el otro día.

Después de todo, todos se pasaban las noches trabajando y el mayor, Clint, solo tenía veintitrés años, así que la mayoría de las historias que contaban eran burdas exageraciones, fantasías o descaradas mentiras. Los siete, los Animales, se pararon a un lado del escaparate mientras el Emperador golpeaba en el otro, con sus leales sabuesos saltando y ladrando a su lado.

Completamente asustado de cojones. Yo voto por dejarlo entrar. Pobrecito —dijo Troy Lee, el experto en artes marciales del grupo que se ocupaba del pasillo de la cristalería—. Como soy chino siento la profunda necesidad de zamparme animales domésticos.

Anda, por qué no le dejas entrar antes de que mi fuerza interior china me obligue a usar mi kung-fu en tu culo de cabrón. Como Lash sabía que solo era el líder mientras le dijera a todo el mundo que hiciera lo que de todos modos querían hacer, y como ya había padecido ese kung-fu en su culo de cabrón, quitó el cerrojo y dejó pasar al Emperador.

Cuando Lash abrió la puerta, el anciano cayó dentro de la tienda. Jeff y Drew sentaron al Emperador ante una de las mesas registradoras y Troy Lee le pasó una botella de agua. Lash puso los ojos en blanco. Sí que habían pasado por eso antes, y cerrar o no la puerta no supondría mucha diferencia si lo que seguía al anciano era un vampiro. Un chillido agudo parecía brotar de la niebla, descompuesto en un chorreo de sonidos, como si lo hubieran sampleado, ampliado y duplicado mil veces.

El borde del banco de niebla bullía con distintas formas: La gente de la calle desaparece. Solo quedan sus ropas y un polvo gris. Los gatos matan todo lo que encuentran a su paso.

Una garra de gato de niebla se filtró bajo la puerta y arañó el borde de las playeras de Lash. Este cerró la puerta, se guardó la llave y retrocedió. Al otro lado de la ciudad, en el dormitorio de un moderno loft del elegante barrio SOMA, el aspirante a follarratas Jared Lobo Blanco alzaba la mirada del tobillo dolorido que se estaba frotando para ver entrar en la habitación a una pelirroja completamente desnuda.

En la mano derecha sostenía la daga de doble filo de Jared. Era evidente que madre nos consideraba demasiado jóvenes para irnos a vivir juntos a la semana de conocernos, y a un apartamento robado a dos no muertos junto con su absurdo montón de pasta. Y aunque en realidad no sabía nada de la parte de los no muertos y de la pasta, había dejado muy clara su posición.

Y Jared me suelta: Y Jared se calla por un segundo como si se lo estuviera pensando, y entonces va y dice: Pues eso, que empiezo a pensar que igual no es tan malo estar castigada en la fortaleza de Fillmore de la unidad materna si lo comparamos con tener a la condesa desahogando su rabia contigo por haberla encerrado en bronce. Y Ronnie va y me dice desde su habitación que si voy a cogerlo. Y cojo el teléfono, y digo: Lo cual era una mentira total porque podía notar que estaba enfadada.

Ahora necesito que me consigas una taladradora y una sierra para metal con muchas hojas de repuesto y que vengas al loft. Y va ella y suelta: Fu siente una profunda curiosidad intelectual por las cosas.

La semana pasada me preguntó durante veinte minutos cómo era tener clítoris. Y yo me limité a repetir: Lo sé, soy una retrasada. Tengo que aprender francés. Tienen como treinta y siete palabras para nombrar el clítoris.

Y allí noto mogollón la animosidad que brota del Chapuzas Bob con delantal rojo que atiende, y le suelto: Dame una puta sierra y una taladradora. Y me lleva a la boutique del taladro donde elijo uno negro y rojo que va con mi vestido, y Bob elige una sierra que no le iba nada, pero no quise herir sus sentimientos y le dije que era très beau, que significa que mola en francés.

Porque no me va esa mierda. Solo me va el sadomaso y el bondage en lo referente al guardarropa. Cuando me hizo las alas de murciélago le grité tanto que estuve afónica dos días. Y voy y le digo: Y de pronto me siento como una mierda pinchada en un palo porque es evidente que se ha puesto copito de nieve por estar encerrada sin alimentarse.

Así que le digo: Y Jody hace una pausa y me mira, con ojos que son todo esmeralda porque, menos por el pelo, no tiene nada de color en la cara y va y dice: No tuve oportunidad de enseñarle antes de que nos broncearas. Y yo como que retrocedo porque ya he visto antes a la condesa cabreada, cuando los Animales secuestraron a Tommy y tuvo que machacarlos para recuperarlo, y ahora aprieta los dientes como si se contuviera para no arrancarme los brazos o algo por el estilo.

Así que palpo el botón en el puño de mi chupa solar. Y ella alarga la mano y antes de que pueda moverme me quita las pilas del bolsillo interior y me arranca los cables. Pero yo no me siento segura. Y Jody sierra como una loca el bronce por la parte en que ella solía estar para no cortar a Tommy, y por fin consigue cortar lo bastante como para apartar un trozo y mirar dentro. Tengo que decir que, para ser alguien con superpoderes e inmortalidad, la condesa es un asco del culo con las herramientas.

Parece que el don oscuro no incluye habilidades para hacer chapuzas caseras. Y una lagrimita de sangre le corre por la mejilla. Cuando Fu y yo nos mudamos allí metimos bajo la cama toda la ropa de Tommy y Jody en bolsas al vacío.

Y yo le llevo la bolsa de sangre y ella la abre con los dientes y la vacía sobre los labios y dentro de la boca de Tommy y no pasa nada. Y puedes oír que los huesos de las piernas le crujen al sacarlas como pretzels rompiéndose, pero él se arrastra sobre las manos, derribando muebles y ratas por todas partes, y viene directo hacia mí, con los colmillos por delante. Y yo busco el botón de la manga, pero ya lo tengo encima, mordiéndome el cuello. Es tan fuerte que es como luchar contra una estatua, y oigo a Jody gritar y la piel de mi cuello se desgarra a jirones.

Y como que vuelve la luz. Así que Jody me coge la cabeza y la aparta a un lado y quita mi mano de la mordedura. Y siento como si me fuera a desmayar. Pero ella se inclina y me lame el cuello, como tres veces, y luego vuelve a poner mi mano en la herida. Y creo que entonces me desmayé, porque lo siguiente que recuerdo es a la condesa de pie ante mí llevando vaqueros y botas y la chaqueta de cuero roja, y metiendo bolsas de sangre en mi bolsa de mensajero de peligro biológico.

Yo le metí en esto. Nunca quiso nada de esto. Así que empieza a irse, sin siquiera despedirse, y yo le suelto: Y Jared estaba como tratando de coger algunas de las ratas que se habían escapado y va y dice: Jody se ha ido. Sola en la noche. En San Francisco, si buscas un buen taco, vas al barrio de Mission.

Si quieres un plato de pasta, vas a North Beach. Chinatown es lo tuyo. Pero si buscas crac, una prostituta con una sola pierna o un tío durmiendo en un charco de su propia orina, nada mejor que el Tenderloin, que era adonde habían ido Rivera y Cavuto a investigar una denuncia de persona desaparecida.

A esas horas de la mañana, las aceras del Tenderloin solían estar llenas de riadas de indigentes buscando el primer trago del día o un lugar donde dormir. Allí se dormía de día. Era demasiado peligroso hacerlo de noche. La cola de gente esperando para desayunar gratis debería estar dando la vuelta a la manzana hasta el Sagrado Corazón, pero en realidad apenas cubría la puerta.

Es el momento ideal para que te agencies una de esas prostitutas con una sola pierna —dijo Cavuto cuando entraban en la misión—. Con el bajón en la demanda, seguro que te lo hace gratis por ser policía.

Rivera se detuvo, se volvió y miró a su compañero. Una zona de hombres andrajosos que hacían cola también miraron, ya que Cavuto bloqueaba la luz de la entrada como un enorme eclipse arrugado. Hacía veinticinco años que era un policía honrado.

En realidad, los doscientos mil dólares que se habían llevado Cavuto y él no eran un soborno, sino, bueno, una compensación por agotamiento mental. Resulta estresante cargar con un secreto que no solo no puedes contar, sino que nadie se lo creería si lo contaras. Rivera y Cavuto se volvieron, como flores hacia el sol, esperanzados de encontrar algo de alivio en el humor.

Se conocían de antes. Había muchos asesinatos en Tenderloin y solo un puñado de personas cuerdas que supiera lo que pasaba en el barrio.

Los condujo a través de la cocina y de un cuarto trastero hasta un pasillo de frío cemento que desembocaba en las duchas. El padre cogió un manojo de llaves que llevaba sujeto al cinturón con un cable y abrió una puerta con rejilla de ventilación—.

Hace una semana que empezaron a traérmelas, pero esta mañana vinieron como cincuenta cargados con ellas. El padre Jaime encendió la luz y se apartó. Rivera y Cavuto entraron en una habitación pintada de alegre amarillo, con las paredes llenas de estantes de color gris metalizado.

Había ropa apilada en todas las superficies horizontales, toda cubierta en diferente medida de un polvo gris grasiento. Rivera cogió una chaqueta de nailon a cuadros parcialmente desgarrada y salpicada de sangre. Rivera le dio la vuelta en el aire, intentando no hacer una mueca cuando vio la pauta de los desgarrones.

No tienen un armario lleno de ropa donde escoger. Puedo contar algo sobre la mayoría de la ropa que hay aquí. La gente de la calle no tiene gran cosa, pero no coge aquello que no puede llevar encima. Eso significa que esto es lo que no pueden aprovechar. Rivera dejó la chaqueta y cogió unos pantalones de trabajo, sin desgarros, pero cubiertos de polvo y manchados de sangre. Conozco a esta gente, Alphonse, y ha desaparecido.

Rivera sonrió para sus adentros cuando el cura usó su nombre propio. El padre Jaime tenía veinte años menos que Rivera, pero a veces le hablaba como si fuera un crío. Casi todas las víctimas que se cobró el viejo vampiro resultaron ser enfermos terminales y habrían muerto pronto de todos modos.

Cavuto hizo una mueca y apartó la mirada. Y añada todo lo que recuerde de ellos. Haga lo que pueda. Todo lo que recuerde. A no ser que le esté pasando algo en ese mismo momento, llamar primero a los uniformados solo conseguiría retrasar innecesariamente la investigación. Rivera miró a su compañero, que no alzó la mirada de los polvorientos zapatos que estaba examinando.

No estoy al tanto de que haya alguna relocalización generalizada de los sin techo, pero ha pasado antes.

No siempre nos informan. El padre Jaime miró al policía con sus ojos de sacerdote, esos ojos que descubrían la culpa que Rivera siempre imaginaba al otro lado del confesionario. Salieron de nuevo por el comedor sin mirar a nadie a los ojos. Una vez de vuelta en el coche, Cavuto dijo:. Van a por cualquiera que pillen por la calle. Supongo que van a por todo el que encuentren solo. Deberíamos volver y hablar con alguno de ellos cuando no estén delante el cura y sus voluntarios.

Bueno, en realidad no es culpa nuestra. Si lo del padre Jaime es un ejemplo, se han comido como las tres cuartas partes de los sin techo de Tenderloin en, pongamos, una semana. Si calculas que hay como tres mil mendigos en la ciudad, eso son dos mil doscientos muertos. Jubilarse pronto y vender libros raros en una bonita librería en Russian Hill. Aprender a jugar al golf—.

Y no lo tenemos. La llamaban la región del vino. No, la región del vino consistía sobre todo en apartamentos destartalados, sórdidas pensiones, vulgares cines porno y viejas naves industriales que ahora funcionaban como guardamuebles. Fue a la sombra de esa abominación arquitectónica donde el Emperador buscó al gato vampiro alfa.

Sus compañeros y él no se habían demorado mucho en la región del vino, ya que ya habían perdido una década con la botella, por lo que habían renunciado a la uva. El contenedor se desplazó sobre sus ruedas oxidadas, descubriendo la ventana de un sótano condenada con un tablero de contrachapado.

El edificio fue en tiempos una destilería, pero lo habían reformado para usarlo como almacén, exceptuando el sótano, la mitad del cual estaba tapiado por dentro.

Por supuesto, había que estar borracho para pensar que ese era un buen lugar donde estar. Al apartar el contrachapado, el Emperador oyó un siseo y por la ventana se escapó un tufo a pelo quemado. El Emperador apartó la cara y tosió, moviendo la mano para apartarse el humo, y miró dentro del sótano. Los había por docenas, y esos solo eran los que podían verse a la luz de la ventana.

El Emperador se puso a gatas y se introdujo a través de la ventana, de espaldas. Se pilló el abrigo en el antepecho y eso le ayudó a bajar su gran volumen hasta el suelo. Temo no poder subirte una vez estés aquí abajo.

El Emperador se estremeció y combatió el impulso de salir corriendo hacia la ventana. No era un hombre especialmente valiente, pero tenía muy desarrollado el sentido del deber hacia su ciudad, y se sentía impelido a ponerse en peligro para protegerla, pese a los escalofríos que le recorrían la columna como un enorme ciempiés.

Empujó a un lado un gato muerto con el pie, encogiéndose al hacerlo. Pero no tenía linterna. Lo que tenía eran cinco librillos de cerillas y un cuchillo de cocina barato y mellado que había encontrado en un cubo de basura. Esa era el arma que utilizaría para matar al gato vampiro. En los días en que era joven e ingenuo, el mes pasado, llevaba una espada de madera, pensando en clavarla en plan estaca en el corazón de los vampiros, como en las películas, pero había visto al viejo vampiro casi destrozado a base de explosiones, disparos y arpones de los Animales cuando estos destruyeron su yate, y nada de eso le había parecido tan efectivo como lo que hizo el pequeño espadachín del SOMA.

Aun así, habría estado bien tener una linterna. Encendió una cerilla y la sostuvo brevemente ante él mientras se internaba en la oscuridad, pisando entre los cuerpos de los gatos. Cuando la cerilla le quemó los dedos, encendió otra.

Metió la mano en la gabardina y palpó el mango del cuchillo de cocina, que llevaba metido en el cinturón por la parte de la espalda. Cuando iba por el tercer librillo de cerillas, el Emperador vio una puerta de acero entreabierta. Se acercó hasta ella; había menos gatos muertos y un claro en la carnicería, aunque solo cosa de medio metro, como si hubieran abierto un paso, pero estrecho. Se paró y contuvo el aliento. Oía voces, pero venían de la ventana, y había ladridos mezclados con ellas, y luego gritos de personas.

Se oyó un golpe, seguido de un chirrido y un crujir oxidado, y el Emperador se dio cuenta de que era el sonido del contrachapado al ponerse en su sitio y del pesado contenedor al moverse para ocultarlo. Los Animales estaban desperdigados en diversas posiciones del campo de baloncesto, lanzando tiros libres. De no ser por las gafas de pasta con forma de gato, habría parecido un Yoda gangsta, pero menos verde. Rivera se acercó a la mujercita y, pese a sentirse completamente avergonzado por hacerlo, chocó puños con ella.

Miró a Lash, que había sido el líder en funciones de los Animales desde que Tommy Flood fue convertido en vampiro—. No hay tiempo para ponerse políticamente correctos ahora que estamos en el fin del mundo.

Todos se congregaron alrededor de los Animales sentados. Rivera sacó su libreta, se encogió de hombros y la devolvió al bolsillo. Drew encendió la cachimba, dio una chupada larga y se la pasó a Barry, el hombre rana calvo, que aspiró lo que ya salía por la boquilla. Y esto es el carné de la biblioteca.

No tiene ninguna enfermedad —repuso Cavuto, sacando las esposas de la bolsita del cinturón. La vieja sonrió, alzó su tarjeta, hizo una artrítica seña que la identificaba como de la banda West Coast y dijo:. Es nuestra costumbre —dijo Troy Lee con su misteriosa voz secreta de la antigua China. Acentuó el efecto inclinando un poco la cabeza desde su posición de sentado.

El caso es que el Emperador llamó anoche a la puerta de la tienda todo acojonado por unos gatos vampiro. Y no sé cómo vais a acabar con ellos.

Por eso es evidente que estamos ante el apocalipsis. Así que debe de haber al menos seiscientos sesenta y seis. Es lo que se hace cuando fumas hierba en un hotel y no quieres que alguien llame a seguridad. Siempre debes tener una toalla a mano. Lo leí en una guía para hacer autoestop por la galaxia. Y no un apocalipsis con zombis que quieren comerte el cerebro. Por lo que ya sabemos.

El Emperador los condujo hasta nosotros. Dijo que creía saber dónde estaba el primer gato vampiro y que él y sus hombres lo matarían y salvarían la ciudad.

La abuela de Troy Lee dirigió una parrafada en cantonés a su nieto, que replicó del mismo modo. La anciana se encogió de hombros, miró a Cavuto y a Rivera y habló durante unos treinta segundos, entonces le quitó el balón a Jeff y lanzó un tiro que no se acercó ni al aro, por el que todos la aclamaron. Que cuando era niña hubo gatos vampiro en Pekín.

Dice que no tienen ni media hostia. Esperó un momento, escuchando su propio pulso latiéndole en las sienes antes de encender otra cerilla. Tiró de la gran puerta de acero, empleando todo su peso, y se movió unos centímetros. Igual la otra salida estaba por allí. Cuando la abertura fue lo bastante amplia como para pasar por ella, metió el hombro, e hizo una pausa al apagarse la cerilla con el movimiento. El suelo estaba cubierto por una espesa capa de polvo, mezclado con ropa arrugada.

Abrigos harapientos, vaqueros y botas de trabajo, pero también ropa de brillantes colores, tops y pantalones ajustados, zapatos con plataforma de colores fluorescentes, sucios por el polvo y la oscuridad. Todo aquello había sido gente. Gente sin techo y prostitutas. Los villanos habían arrastrado a la gente hasta allí y se habían alimentado de ella hasta convertirla en polvo, como había dicho la niñita gótica. Por muy fuertes o hambrientos que estuvieran, seguían siendo gatos caseros antes de convertirse en vampiros.

Y no parecían trabajar en equipo. No conseguía imaginarse a una manada de veinte gatos vampiro arrastrando a un adulto hasta allí abajo. La cerilla le quemó los dedos y la tiró a un lado, entonces sacó el cuchillo del cinturón antes de encender la siguiente. Cuando esta se encendió, vio algo en uno de los estantes al fondo de la habitación. Igual era una víctima que había sobrevivido. Agarró con fuerza el cuchillo y avanzó, intentando no reaccionar cuando la polvorienta ropa se le enganchó a los pies y los tobillos.

No, no era un gato. Al menos no era un gato doméstico. El Emperador alzó el cuchillo, dio un paso adelante y se detuvo. He fracasado como esbirra, como novia y como ser humano en general, y eso sin contar biología, que voy a suspender del todo pese a haber ido dos veces a clase. La condesa se fue hace cosa de una semana, y nadie la ha visto, ni a ella ni al vampiro Flood.

Los he buscado, sobre todo cuando se suponía que debía estar en clase. No sé dónde buscar. Y luego me ofreció trabajo porque dijo: Que es otro motivo por el que necesito encontrar a la condesa y pedirle perdón, porque mi nuevo móvil tiene vídeo y me muero de ganas de colgar en mi blog una grabación de Jody dispersando por todo el Tenderloin pedazos sangrientos de chuloputas. La condesa me dio una charla sobre que debo respetarme a mí misma y que una mujer nunca debe renunciar a su dignidad ante un hombre a no ser que le regale joyas,.

Por eso no quise trabajar en el periódico del colegio. Los periodistas no se enteran de lo que tienen que enterarse y no te dejan decir joder. Pues eso, que cuando por fin volví a la guarida de amor, las ventanas estaban tapadas con contrachapado y Fu y Jared habían ordenado alfabéticamente todas las ratas y las tenían amontonadas y marcadas y eso.

Así que corrí a los brazos de Fu y lo besé un rato largo, y entonces miré alrededor y dije: Y Jared pone los ojos como un anime asustado y va y suelta: Y Jared va y dice: Lily es mi APS de repuesto. Antes era mi APS, pero en la época en que conocí a mi señor Flood y a la condesa, Lily recibió en su trabajo un libro por correo que la convenció de que era la Muerte, así que le dije: No era el beso de la Muerte, pero sí combinaba con mis puntas.

Y entonces voy y le digo: Le di la nota que escribió Fu con las tallas y el corte y eso. Y voy yo y contesto: Lo cual es cierto porque Lily tiene una bolsa de mensajero de robot pirata de PVC donde se puede esconder un niño pequeño, solo que lleva productos de belleza.

Y yo me disponía a contarle lo de la guarida del amor, y Fu y los mininos vampiro y todo eso, porque había estado en modo novio y desconectada, algo que Lily pilla a la primera. Moradores diurnos carrozas, pero Rivera tiene como un rollo de agente secreto. Rivera lleva ropa cara.

Y a mí que me dan como arcadas. La robomadre se puso empalagosa con él. Me refiero en plan apocalipsis zombi atrapados en un centro comercial antes de tener que matarnos a tiros para que no nos coman el cerebro y nos transformen en no muertos.

Entonces sí que me lo tiraría. Así que voy y digo: Pero solo para que se sienta mejor, porque no tiene novio y a veces se pasa de putilla para compensarlo, pero sigue pareciéndome asqueroso. Y, para cambiar de tema, suelto: Si había visto gatos raros, si había visto al Emperador o a una pelirroja. Y yo mientras gritando: Pero por fuera estoy toda tranquila y digo: Con un pelo que parecía una capa de rizos pelirrojos. Yo mataría un cachorrito por tener una melena así.

Yo no tenía manera de saber que se había hecho un tatuaje nuevo en ese hombro, así que no vino nada a cuento que me diera un puñetazo en la teta. Así que me pongo a gritar très alto y una señora rusa de arriba saca la cabeza por la ventana y suelta: Entonces me acuerdo y suelto: Y Lily va y dice: Es tan nihilista que como que no tiene gracia. Una de las cosas que Jody echaba de menos de ser humana era poder dormir.

Echaba de menos esa sensación de cansancio y satisfacción de cuando te metes en la cama y te sumes poco a poco en un mar crepuscular de sueños. De hecho, no había vuelto a sentirse cansada desde que era vampiro, salvo tras pasar mucho tiempo sin alimentarse. La mayoría de las mañanas, a no ser que Tommy y ella hubieran hecho el amor y se hubieran quedado dormidos abrazados, solía ponerse en una postura relativamente cómoda y esperar a que saliera el sol y la durmiera.

El constante estado de alerta de su ser vampírico resultaba, bueno, un poco irritante. Sobre todo tras llevar una semana buscando a Tommy por la ciudad, forzando al límite sus sentidos aumentados, y teniendo que volver cada mañana al hotel con las manos vacías. Tommy había entrado cojeando en ese callejón y había desaparecido.

Había mirado en todos los lugares de la ciudad adonde ella lo había llevado, en todos los lugares donde sabía que él estuvo, y seguía sin encontrar ni rastro de su presencia. Ahora volvía por séptima vez a su habitación en el Fairmont.

Y por séptima vez pondría el cartel de no molestar, cerraría la puerta, se pondría la sudadera, bebería de la bolsita de sangre que guardaba en la mininevera, se cepillaría los dientes, se metería bajo la cama y repasaría mentalmente un mapa de la ciudad hasta que se la llevara el alba. Cuando bajaba por la calle California, intentó recordar si lo llevaba puesto al sacarlo del caparazón de bronce.

La alarma del reloj sonó a dos manzanas del Fairmont y no pudo evitar sonreír un poco ante esa pequeña emoción. Aceleró el paso, pensando que llegaría a su habitación con tiempo de sobra, pero que igual tendría que pasar de la sudadera y del aperitivo de sangre. Cuando llegó a los escalones del vestíbulo olió a cigarro puro, y a colonia Aramis, y la combinación le provocó un escalofrío eléctrico de alarma que le recorrió la columna antes de que pudiera identificar el peligro.

Rivera olía a Aramis, Cavuto a cigarro puro. Allí estaban, ante el mostrador de recepción, pero un botones los conducía ya hacia el ascensor. Los llevaba a su habitación. El cielo se estaba aclarando. Se apartó de la puerta, salió a la acera y echó a correr.

Había recorrido manzana y media de la calle Mason cuando encontró un callejón. Su primera noche como vampiro había sobrevivido metiéndose bajo un contenedor. Igual podía sobrevivir a ese día dentro de otro. Pero ya había alguien allí, el personal de la cocina de un restaurante, que había salido a fumar. No había callejones en las dos manzanas siguientes, luego un espacio estrecho entre edificios.

Se arrastró por él hasta llegar a una estrecha puerta de contrachapado y ya había metido una pierna dentro cuando apareció un pit bull ladrando. Volvió a la acera de un salto y continuó corriendo.

Estaba en Nob Hill, zona descubierta con anchos bulevares, que antaño fue un gran barrio y ahora resultaba increíblemente molesto para cualquier vampiro necesitado de refugio. Dobló por la calle Jackson, rompiéndose el tacón de la bota derecha.

Sabía que debía ponerse playeras, pero sus caras botas altas de cuero hacían que se sintiera un poco como una superheroína. Resultó que torcerse el tobillo duele un cojón, aunque seas una superheroína. Por allí había edificios de ladrillo con toda clase de cuchitriles y tiendas en sótanos. Un edificio tenía en el sótano el esqueleto de la quilla de un barco de vela, una reliquia de cuando la fiebre del oro dejó tantos barcos abandonados en los muelles y la ciudad creció literalmente sobre ellos.

Examinó las calles que tenía delante buscando ventanas, puertas, intentando sentir movimiento dentro, buscando un lugar tranquilo, privado. A la izquierda, una puerta por debajo del nivel de la calle, con escaleras ocultas por una verja de hierro forjado cubierta de jazmines. Se imaginó saltando la verja, embistiendo contra la puerta con el hombro y metiéndose bajo lo primero que pudiera protegerla de la luz. Se quedó inmóvil en el aire y cayó en la acera, sin llegar a las escaleras, resbalando sobre el hombro y la cara.

Entonces se desmayó y empezó a arder bajo la luz del sol. La herboristería china olía a regaliz y a culo de mono seco. Los Animales se amontonaban en el estrecho pasillo entre mostradores, intentando esconderse tras la abuela de Troy Lee y fracasando de forma espectacular.

Era como si lo hubieran tallado en una manzana y luego lo hubieran dejado en el antepecho de una ventana para que se secara durante cien años.

Las paredes de la tienda estaban forradas desde el suelo hasta el techo con cajoncitos de madera oscura, cada uno con un pequeño marco de bronce y una tarjeta blanca con caracteres chinos.

Señalaba a una cosa negra y arrugada. Troy Lee habló en cantonés a la abuela, que le dijo algo al tendero, el cual ladró algo a modo de respuesta. Hubo una conversación con el tendero, tras la cual añadió—: Son cincuenta pavos el gramo. Troy transmitió la orden al tendero a través de su abuela.

Este cortó la punta del pene de oso, la pesó y la puso en la pila de hierbas que había sobre una hoja de papel en el mostrador. Depende de nosotros —añadió en voz baja, hundiéndose bajo la capucha de la sudadera y poniéndose las gafas oscuras. Una hora después estaban sentados a la mesa de la cocina de Lee, esperando a que hirviera la olla de veinte litros de sopa que estaba en el fuego.

La abuela Lee se levantó de su asiento y se tambaleó hasta el fogón con el paquete de hierbas. Mil gatos vampiro durmiendo. Un vampiro que fue humano. Un enorme híbrido de gato vampiro afeitado. Le quedaban cinco cerillas. El Emperador no era hombre inclinado a usar tacos, pero tras calibrar la situación y quemarse los dedos con la cuarta cerilla que le quedaba dijo:.

Había intentado todo lo que se le había ocurrido para escapar del sótano, desde usar grandes bidones vacíos de cincuenta y cinco litros para construir una escalera hasta la ventana hasta pedir ayuda a gritos como un hombre ardiendo, pero ni siquiera desde la plataforma de bidones consiguió la palanca o la fuerza necesaria para apartar el contenedor de la ventana. Por el hueco del ascensor se filtraba un polvoriento rayo de atardecer procedente de alguna parte, y eso le indicó que no podría subir por allí y que la noche estaba peligrosamente cerca, ya que la luz estaba teñida de un ligero color anaranjado.

Los barriles habían contenido algo seco o sólido, y de no ser así tampoco habría sabido cómo evitar asfixiarse con el humo de los gatos quemados. Entonces, pensando en la forma de escapar de las llamas, se le ocurrió un modo de salvarse.

Volvió a la despensa donde estaban Chet y Tommy y encendió una de sus preciadas cerillas para orientarse. Sí, la puerta tenía cerrojo, y dentro había suficientes barriles y estantes como para construir una barricada. La cerilla se apagó y palpó por todo el cuarto hasta tocar la espalda de Tommy, su carne fría. Cogió a su antiguo amigo por las axilas y lo arrastró fuera del estante hasta sacarlo de la habitación, tropezando por el camino.

Tiró el cuerpo fuera e hizo una mueca por el crujido que se escuchó cuando cayó sobre los cuerpos inmóviles de los gatos muertos. Volvió en la oscuridad, palpando hasta encontrar el pelo de Chet. Buscó lo que creía que eran sus patas delanteras y volvió a recorrer la habitación remolcando al enorme gato vampiro afeitado. Chet pesaba menos que Tommy, pero no por mucho, y el Emperador estaba sin aliento.

No podía permitirse parar. El rayo de luz del hueco del ascensor ya era rojo. Ya comprendería el mensaje cuando estuviera a una o dos manzanas de distancia. Los hombres estaban a salvo. Cuando se consumió la cerilla escuchó agitación fuera. Los cogió y los derribó ante la puerta. Finalmente se arrastró hasta la estantería donde se habían acurrucado Tommy y Chet y se quedó allí mirando hacia la puerta.

Buscó el mango del cuchillo de cocina que llevaba a la espalda, lo sacó y lo sostuvo ante sí. Al otro lado de la puerta se oyeron ruidos de gatos, maullidos, siseos y aullidos. Habían despertado y se estaban moviendo. Un arañazo en la puerta, seguido de un torbellino de arañazos, como si alguien hubiera enchufado una pulidora, y todo se acalló con la misma rapidez con que había empezado y solo pudo percibir su propia respiración.

Un ligero rumor de ropas, seguido de un suave ronroneo. Y venía de su lado de la puerta, estaba seguro. La habitación estaba tal y como esperaba que estuviera, con una pila de restos y barriles, pero de debajo de los estantes que bloqueaban el paso a la puerta ascendía una capa de niebla que se desplazaba por el suelo hacia él, moviéndose en pequeñas oleadas que se asemejaban al sonido de un ronroneo.

Entonces me apartó como si yo fuera un chicle Sabrosiglobo que hubiera perdido la parte sabrosa de tanto masticarlo. Y él ignora del todo mis sentimientos heridos y dice: Así que Jared se tambalea por todo el loft hasta llegar a la puerta, y yo le suelto: Y Jared y yo empezamos a poner en las botellitas de agua la sangre que se dejó Jody.

Y se levanta la pernera del pantalón y me enseña dónde lo han mordido como una docena de veces. Y de repente tengo un chorro de niebla subiéndome por las botas llevaba mis Doc Martens rojas y de él sale una cabecita.

Lo que debemos hacer es ponernos histéricos porque nos van a comer, doña Inconsciente. Y en ese momento la niebla empieza a tomar forma y a venir a por mí, y Fu vuelve a lanzar a otra rata de niebla al otro lado de la habitación. Y Fu me suelta: Tenemos que pensar en un modo de poder estudiarlas.